“La primera señal de que iba a morir no fue la ventisca. Tampoco el frío que me calaba hasta los huesos. Fue la mirada en los ojos de mi prometido cuando me dijo que le había dado el trabajo de mi vida -nuestra única garantía de supervivencia- a otra mujer. -Kenia se estaba congelando -dijo, como si yo fuera la irracional-. Tú eres la experta, tú puedes aguantarlo. Luego me quitó el teléfono satelital, me empujó a un hoyo que cavó deprisa en la nieve y me abandonó para que muriera. Su nueva novia, Kenia, apareció, envuelta cómodamente en mi reluciente manta inteligente. Sonrió mientras usaba mi propio piolet para rasgar mi traje, mi última capa de protección contra la tormenta. -Deja de hacer tanto drama -me dijo él, con la voz llena de desprecio, mientras yo yacía allí, congelándome hasta la muerte. Creían que me lo habían quitado todo. Creían que habían ganado. Pero no sabían del transmisor de emergencia secreto que había cosido en mi manga. Y con mi última gota de fuerza, lo activé.”