“Mi esposo Alejandro y yo construimos nuestro imperio sobre un pacto de sangre: "Hasta que la muerte nos separe". Durante quince años, esa promesa fue nuestro cimiento. Hasta que encontré las fotos de su amante. Se negó a darme el divorcio. Me atrapó con nuestro juramento mientras ella llamaba para anunciar su embarazo. La eligió a ella, incluso me golpeó para protegerla. En su boda, puse una grabación de él llamándome "un desecho" y "estéril". "¿De qué sirve una esposa que no puede darte un heredero?", le había preguntado él a ella. Pero su amante me había enviado un pequeño regalo de bodas: un expediente que detallaba el secuestro que sufrí años atrás. No fue un ataque al azar. Alejandro lo había planeado. Lo orquestó para quebrarme y, en el proceso, provocó la pérdida de nuestro único hijo. El último informe en el expediente eran sus propios análisis médicos. Yo no era la estéril. Era él. Y el bebé de ella no era suyo.”