“Durante tres años, he sido la esposa de Dante de la Vega, el jefe del Cártel de la Sierra. Mi único propósito era darle un heredero. Hoy, miraba la segunda línea rosa en una prueba de embarazo: una sentencia de muerte. Pero mi esposo no quería una esposa. Quería una incubadora. Escondida fuera de la puerta de su despacho, lo escuché hablar con su hermana, Isabella. Estaban apostando veinte millones de pesos al sexo de mi hijo no nacido. -¿Pero qué pasará con ella? -preguntó Isabella-. Una vez que te dé el heredero, será inútil. El silencio que siguió fue pesado, sofocante. -Cumplió su propósito -dijo Dante, su voz bajando a un susurro escalofriante-. Una yegua de cría solo es valiosa cuando puede producir. Después de eso... No tuvo que terminar. En su mundo, las cosas inútiles se desechan. Violentamente. Cada caricia, cada sonrisa calculada había sido una mentira para asegurar su dinastía. Él veía un legado, no un hijo. Veía una vasija, no una esposa. La única forma de ganar su juego era tirar el tablero entero. Saqué mi teléfono y llamé a la clínica de la que me había hablado una amiga. -Sí -dije, mi voz era la de una extraña, hueca y firme-. Quisiera programar una interrupción.”