“Mi hermanito de diez años se moría por la picadura de una abeja, el aire se le atoraba en la garganta. Yo estaba paralizada por el pánico, pero sentí que el alma me volvía al cuerpo cuando llegó la ambulancia. La ayuda estaba aquí. Pero la paramédico no miraba a mi hermano. Tenía la vista clavada en el reloj de mi muñeca, un regalo de mi prometido, Alejandro. Cuando le dije su nombre, su máscara de profesionalismo se hizo añicos. -Alejandro es mi hombre -escupió con veneno. Era su exnovia psicópata. Cerró de una patada su maletín médico y dejó que mi hermano muriera sobre el pasto, llamándolo "bastardo". Luego, ella y su hermano me molieron a golpes hasta dejarme inconsciente. Desperté atada a una mesa de operaciones. Con un bisturí en la mano, susurró: -Después de que termine, ¿crees que él todavía querrá mirar esta cara? Me destrozó la cara y luego, con una satisfacción escalofriante, destruyó mi capacidad de tener hijos, asegurándose de que nunca pudiera darle a Alejandro la familia que ella creía que le pertenecía solo a ella. Me lo quitó todo: mi hermano, mi cara, mi futuro. Todo por un delirio. Cuando Alejandro finalmente irrumpió en la habitación, no reconoció el desastre sangriento sobre la mesa hasta que vio una pequeña cicatriz junto a mi ojo. El hombre que amaba se desvaneció, reemplazado por algo frío e implacable. Me miró a mí, luego a ella, y supe que la ley nunca sería suficiente. Nuestra venganza sería absoluta.”