“Mis manos eran toda mi carrera, la clave de mi vida como una de las modelos de manos más cotizadas de la Ciudad de México. Mi prometido, Rodrigo, me había sacado de un pueblo perdido para darme un mundo de glamour. Yo creía que se lo debía todo. Luego, su novia de la preparatoria, Carla, me hizo un tratamiento de "lujo" en su salón que me dejó las manos con quemaduras químicas devastadoras, destruyendo mi carrera de diez años de la noche a la mañana. Rodrigo lo llamó un "accidente" y la defendió. Me dijo que Carla estaba tan afectada que quizá tendría que acompañarlo en nuestra luna de miel a Los Cabos para sentirse mejor. En nuestra cena de ensayo, cuando Carla insinuó que yo misma me había lastimado para llamar la atención, Rodrigo me humilló públicamente por hacerla sentir mal. Su despedida de soltero resultó ser una cita privada con ella. Encontré el acuerdo prenupcial que quería que firmara: si nos divorciábamos, yo no recibiría nada. Pero el golpe final llegó la noche antes de nuestra boda. Mientras dormía, me tomó del brazo y susurró su nombre. -Carla... no te vayas. Entonces me di cuenta de que yo era solo un reemplazo, un cuerpo tibio en la oscuridad. Mi amor por él había sido una estrategia de supervivencia en el mundo que él construyó para mí, y finalmente me estaba asfixiando. A la mañana siguiente, el día de nuestra boda, no caminé hacia el altar. Salí por la puerta sin nada más que mi pasaporte e hice una llamada que no había hecho en quince años. Una hora después, iba de camino a un jet privado, dejando que mi antigua vida ardiera en cenizas a mis espaldas.”