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El hijo bastardo de él, la fortuna robada de ella

Capítulo 2 

Palabras:1465    |    Actualizado en: 27/08/2025

a: "Lo siento mucho, Lottie, pero tengo que cancelar nuestros plane

ablemos pronto", re

sí una claridad fría y dura. No iba simplemente a desapar

repara el acuerdo de divorcio. No había necesidad de negociación, pues no exigía p

oto y poco conocido, ubicado del otro lado d

ido, y metódicamente la purgué de mi existencia. Amontoné ropa, libros y fotos en la gr

lante y carismática, que no era más que una mentira. Luego, vacié la botella de whisky sobre el fuego, avivand

stéril, impersonal, como si fuera la de un hotel. Todo lo

as perdidas de Aiden, además de una cadena de m

¿dónde

a mis ll

ara la

TTI

mi esposo chirriando en el camino de entrada. Unos momentos

o agitadamente. Cuando me vio, bajó ligeramente l

io se transformó en ira y me preguntó: "¿Por qué no contestaste mis llamadas?

ctuación enfermiza y retorcida. Ante su acto,

acia atrás. El movimiento fue sutil, casi imperceptible. Él se

encio", dije, en un tono p

stello de confusión apareció en sus pupilas, pues n

piand

imenea. "Me deshice de algun

umor. Sonrió con condescendencia, en un intento por tranquilizarme, pero l

ercándoseme de nuevo. Luego, sacó una caja de terc

. Era hermosa, y sabía, sin necesidad de mirar el broc

arme por perderte", comentó,

glaría algo? ¿Pensaba que una joya podría ata

s?", solté, antes de pode

, respondió él, con una expresión sombría. Luego, avanzó hacia la cama, se de

, lo que alguna vez fue mi propósit

rada distante, pues ya se había pe

lular vibró en la mesita de noche. Había llegado un mensaje, pero no er

a revisado su celular, pues siempre me había parecido un

a foto mía. Después, adiviné su contraseña al primer intento:

acto que tenía registrado simplemente como "H". El corazón comen

an todos los días. Además, ella le enviaba fotos de s

la rodilla. Entre l

uándo volverá s

e bajó la fiebre. Yo

que me decía a mí, le hacía las mismas promesas, y hasta la tranquilizaba de la misma for

sación, hasta llegar a su

otra vez se está enfermando. Estoy

e estaré con ustedes pronto, y me enc

o ese mensaje hacía una hora. Lo había hecho, mientras me l

ra un guion que seguía para interpretar un papel frente a la p

quemado, antes de devolverlo a la mesita de noche.

Temblaba, pero no tenía que ver con la temperatura de la habitación; la frialdad

rrada en su cintura. Se deslizó en la cama detrás de mí y sentí su cuerpo cálido

que su cálido aliento se i

e mis músculos gritaba en señal de prote

, sin ocultar su confu

ardiendo. Tienes fiebre". Adoptando un tono de preocupa

n ese momento, su celular, el que yo había revisado, co

es de poner una expresión ser

lado de la línea, se tensó y res

, me dijo: "Lottie, lo siento mucho. Hay una emergencia

ay medicina en el gabinete del baño. Tómatela. Y si te

d, y me quede quieta, mientras la

evamente con el celular apretado contra su oreja

iendo en fiebre, para irse con su amante y su hijo. En ese momento,

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El hijo bastardo de él, la fortuna robada de ella
El hijo bastardo de él, la fortuna robada de ella
“Encontré el documento por accidente. Aiden estaba lejos y yo estaba buscando los viejos aretes de mi madre en la caja fuerte, cuando mis dedos rozaron una gruesa y vieja carpeta que no reconocía. No era mía. Una etiqueta señalaba que era el "Fideicomiso de la Familia Herrera". Allí, se establecía que el principal beneficiario de la inmensa fortuna de Aiden no era yo, su esposa desde hacía siete años, sino un niño de cinco años llamado Leo Herrera. Además, la tutora legal de ese niño estaba listada como la segunda beneficiaria. Y esa persona era Haven Herrera, mi cuñada adoptada. El abogado de mi familia lo confirmó una hora después. Era un movimiento real, y estaba blindado. De hecho, se había establecido cinco años atrás. Al enterarme de eso, el celular se me resbaló de las manos, y un entumecimiento se apoderó de mí. Me había pasado siete años justificando la locura de Aiden, sus ataques de ira, su posesividad, creyendo que solo se trataba de una forma retorcida en la que me demostraba su amor. Me moví a trompicones por la fría y silenciosa mansión, hacia el ala este, donde escuchaba risas. A través de las puertas de cristal, los vi: Aiden tenía a Leo sentando en su rodilla, y Haven estaba a su lado, con la cabeza sobre su hombro. Junto a ellos, sonriendo y mimando al niño, estaban los papás de mi esposo, mis suegros. Eran la familia perfecta. "Aiden, finalmente se formalizó la transferencia de los activos de los Knox al fideicomiso de Leo", dijo su padre, alzando una copa de champaña. "Todo está bien sellado". "Así es", contestó mi marido, con calma. "El dinero de la familia de Charlotte siempre le perteneció al heredero de la familia Herrera". Estaba hablando de mi herencia, del legado de mi familia. Lo había transferido todo a su hijo bastardo. Había usado mi dinero para asegurar el futuro del resultado de su traición. Y todos lo sabían; de hecho, lo habían ayudado a conspirar en mi contra. Además, me di cuenta de que su ira, su paranoia, su enfermedad, no eran para todos. Básicamente era un infierno que había reservado solo para mí. Me alejé de la puerta, con el cuerpo tan frío como el hielo, y regresé corriendo a nuestra recámara, esa que habíamos compartido por siete años, y cerré la puerta. Miré mi reflejo, al fantasma de la mujer que alguna vez fui, mientras una promesa se articulaba en mis labios. "Aiden Herrera, nunca te volveré a ver", susurré.”
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