“Durante tres años, fui la guardaespaldas de Alejandro Garza. Y su sustituta. Esta noche, recibí una bala por él. La herida en mi hombro todavía está fresca. Pero a él no le importó. Su asistente me sacó del hospital, con la herida infectada y ardiendo en fiebre, porque la mujer por la que yo era una sustituta, Clara Elizondo, había vuelto. En el aeropuerto privado, la abrazó con un amor que yo nunca había visto. Clara me miró de arriba abajo con desdén. -Alejandro, haz que cargue mi equipaje. Él vio mi rostro pálido, el vendaje asomando por mi cuello, pero su voz fue cortante. -¿Qué estás esperando? Ve por el equipaje. Eran cinco maletas enormes. Apenas unos momentos antes, Clara había fingido una torcedura de muñeca, y él la había examinado con una preocupación que rayaba en el pánico. Cuando yo recibí una bala por él, apenas me dirigió una mirada y le dijo a sus hombres que se encargaran "de este desastre". Esa noche, fui a casa y añadí otra piedra negra al frasco de cristal sobre mi tocador. Me hice una promesa: por cada vez que él me lastimara, añadiría una piedra. Cuando el frasco estuviera lleno, lo dejaría para siempre. Esta noche fue la piedra número trescientos sesenta y ocho. El frasco estaba casi a la mitad.”