“Mi jefe, Augusto Ortega, me obligó a donarle médula ósea a su prometida. A ella le daba pánico tener una cicatriz. Durante siete años, fui la asistente del niño con el que crecí, el hombre que ahora me despreciaba con toda su alma. Pero su prometida, Harlow, quería más que mi médula; me quería fuera de su vida. Me culpó de hacer añicos un regalo de cien millones de pesos, y Augusto me hizo arrodillarme sobre los cristales rotos hasta que me sangraron las rodillas. Me acusó falsamente de agresión en una gala, y él hizo que me arrestaran, donde me golpearon hasta sangrar en una celda de detención. Luego, para castigarme por un video sexual que yo nunca filtré, secuestró a mis padres. Me obligó a ver cómo los colgaba de una grúa en un rascacielos en construcción, a cientos de metros de altura. Me llamó al celular, su voz era fría y arrogante. -¿Ya aprendiste la lección, Cora? ¿Estás lista para disculparte? Mientras hablaba, la cuerda se rompió. Mis padres cayeron en picada hacia la oscuridad. Una calma aterradora me invadió. El sabor a sangre llenó mi boca, un síntoma de la enfermedad que él nunca supo que yo tenía. Él se rio al otro lado de la línea, un sonido cruel y horrible. -Si tanto te duele, salta de ese techo. Sería un final digno para ti. -Está bien -susurré. Y entonces, di un paso al borde del edificio y me lancé al vacío.”