“Durante siete años, usé mi herencia para patrocinar al chico que me robaba el aliento en la universidad. Tomé a Kael Valdés, un estudiante brillante pero caído en desgracia que trabajaba de cantinero, y lo convertí en un multimillonario de la tecnología en Monterrey. Vivíamos juntos, y yo fui la tonta que creyó que nuestra relación transaccional era amor. Hasta que Sofía, su novia de toda la vida, regresó. La humillación fue pública y fulminante. En una subasta benéfica, él me superó en la puja por un collar de treinta millones de pesos, solo para abrochárselo a ella en el cuello para que todo el mundo lo viera. Esa misma noche, me rescató después de que me drogaran y casi me violaran, pero me abandonó en la habitación de un hotel porque Sofía lo llamó con una falsa emergencia sobre la puerta atascada de la regadera. Pero el último clavo en mi ataúd llegó después de que un coche me atropellara. Mientras yacía sangrando en urgencias, la enfermera lo llamó para pedir su consentimiento para mi cirugía de emergencia. Escuché su voz por el teléfono, fría e irritada. -Estoy consolando a mi novia -dijo-. Lo que le pase a ella no es mi problema. La línea se cortó. El hombre que yo había construido desde la nada acababa de dejarme morir. Con mano temblorosa, firmé yo misma el formulario de consentimiento. Luego hice otra llamada. -Eduardo -le susurré al hombre que me había propuesto matrimonio un año atrás-. Sobre esa boda... ¿todavía te interesa?”