“Mi esposo, Andrés, un arquitecto brillante, me entregó un frasquito en nuestro quinto aniversario de bodas. Dijo que eran vitaminas personalizadas para mi salud. Pero una cita con el médico reveló una verdad espantosa: eran potentes pastillas anticonceptivas que hacían imposible que yo concibiera. Mi mundo se hizo añicos cuando la doctora, una colega de Andrés, me confesó que él tenía otra esposa, Anabel, y que acababan de tener un hijo. Luego, escuché a Andrés decirle a su mejor amigo, Marcos, que me amaba, pero que no podía abandonar a Anabel, su amiga de la infancia, que ahora era la madre de su heredero. Declaró con una frialdad que me heló la sangre: "Ella me entiende. Y con eso basta. Me aseguraré de que Julieta nunca tenga un hijo. Anabel tendrá a mi heredero. Julieta tendrá mi amor. Es la única forma". Mi matrimonio de cinco años era una mentira. Yo era la otra, la que poco a poco estaba siendo borrada. La idea era humillante, absurda. Salí del hospital tropezando, con la mente hecha un caos. Sabía que Andrés era posesivo y no me dejaría ir por las buenas. Necesitaba ayuda. Mis dedos, temblando, buscaron un nombre al que no había llamado en diez años: Casio Ferrer, mi amor de preparatoria. -Esa oferta... de ayudarme a desaparecer... ¿sigue en pie? -susurré.”