“El zumbido fluorescente de las oficinas de gobierno era la banda sonora de mi aburrida vida, hasta que intenté reponer mi licencia de conducir perdida. -Su estado civil. Aquí dice que está divorciada -dijo la empleada, haciendo añicos mis cinco años de matrimonio con Maximiliano de la Torre con una sola y seca frase. Mi esposo, Max, el hombre que juró amarme, se había divorciado de mí en secreto hacía tres años. No solo eso, se había vuelto a casar al día siguiente con Cándida Camacho, la mujer que intentó asesinarme el día de mi boda y me dejó estéril. Y tenían un hijo de dos años, Jorgito. Llegué a casa a trompicones, con el mundo hecho un borrón, solo para encontrar a Max y a Cándida discutiendo en nuestra sala. -¡Odio tener que fingir por esa mujer patética! -chilló Cándida. Max, mi esposo, suplicó: -Te amo. Siempre te he amado. El hombre por el que sacrifiqué todo, que juró destruirla, ahora jugaba a la casita con la que intentó matarme, y yo era la tonta que vivía en su casa, dormía en su cama, creyendo sus mentiras. El dolor en mi abdomen, una punzada fantasma de hace cinco años, se encendió con furia, reflejando la herida abierta en mi alma. No sería más su víctima. -Héctor -dije al teléfono, mi voz clara y firme-. Necesito tu ayuda. Necesito que me ayudes a morir.”