“-Ese puesto te ha estado esperando por tres años, Elena. Solo di que sí. La voz al otro lado del teléfono era serena, profunda y familiar. Era Iván Caballero, su antiguo mentor, ahora un arquitecto de fama mundial. Una hora antes, ella había firmado los papeles para que su hermano menor, Javier, fuera trasladado a cuidados paliativos. El tratamiento experimental que podría salvarlo requería un depósito de un millón de pesos que no tenía. Sus ahorros se habían esfumado y su negocio, construido desde cero con su novio, Bruno Vega, era un éxito, pero él la había bloqueado de las cuentas. Mientras se levantaba para ir a empeñar su reloj Rolex, se desató un escándalo. Bruno irrumpió por las puertas, sosteniendo a Daniela Chen, quien lloriqueaba de forma exagerada por un esguince de tobillo. Ni siquiera la miró. Él la vio, la arrastró a un cuarto de servicio y le siseó: -¿Qué haces aquí? Todo esto es parte del plan. Le estoy haciendo creer que ganó. Le metió diez mil pesos en la mano, diciéndole que se fuera antes de que Daniela la viera. Pensó que estaba allí por dinero, por unas migajas. Ella dejó que los billetes cayeran al suelo. Él era tan bueno mintiendo, actuando. No vio su alma rota, su devastación, solo un inconveniente para su gran estrategia. Se había acabado. Lo supo con una certeza que era aterradora y, al mismo tiempo, liberadora. Era hora de irse a Madrid.”