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El Aroma del Adiós

Capítulo 1 

Palabras:758    |    Actualizado en: 09/07/2025

tos importantes, un olor que antes le daba seguridad pero que ahora solo le recordaba todo lo que había sacrificado, sin

dijo Ricardo, su voz era firme au

a atravesar el acero, levantó la vista de sus papeles y se qui

tó Morales, su tono era más paternal

ó hondo, "Quie

dolor, Morales no pareció sorprendido, solo asintió lentamente, sus o

o más, esta situación me está consumiendo, no pued

rujió bajo su peso, "Los rumores en el com

llos, las miradas de lástima de sus colegas, todos sabían de Clara y Marcos D

iota, pero ya no, he terminado, quiero dedicarme por completo al

alento se está desperdiciando, este país te nece

enía que ejecutarla, salió de la oficina de Morales sintiéndose más ligero, con un propósito reno

ba con familiaridad en la cintura de Clara mientras ella le susurraba algo al oído y se reía, una risa íntima que nunca compartía

, la voz de Ricardo era un gruñi

calidez a una máscara de fría indignación, Marcos, por su parte, simp

Clara, su voz era cortante, "¿No pue

o, avanzando hacia ella, "Los he visto, he escuchado los

paranoico y celoso! ¡Siempre has s

hacerlo sentir culpable a él, pero esta vez no funcionó, el dol

su voz era mortalmente tra

o se convirtió rápidamente en rabia, "¡No

on insistencia, seguido de fuertes golpes, Clara lanzó una mirada triunfante a Ricardo, una mirada

del orden público", dijo uno de los

ra, su voz temblaba con lágrimas falsas, "Mi esp

robó el aliento, antes de que pudiera protestar o explicar su versión, los pol

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El Aroma del Adiós
El Aroma del Adiós
“La oficina de mi jefe olía a café viejo, un aroma que solía darme seguridad, pero que ahora solo me recordaba el sacrificio de años. Mi vida, la que había construido con mi esposa Clara, se desmoronaba. "Quiero el divorcio", le dije al Dr. Morales, mi voz firme ocultando un temblor interno. Los rumores del complejo ya lo sabían: Clara y Marcos Durán, antes de que yo estuviera dispuesto a aceptarlo. La encontré en nuestra sala, no sola, Marcos tenía su mano en la cintura de Clara, riendo de una manera que nunca compartió conmigo. Mi voz, un gruñido, apenas pudo preguntar: "¿Qué está pasando aquí, Clara?". Ella, de cálida a una máscara de fría indignación, mientras Marcos sonreía con arrogancia. "¡Estás loco! ¡Paranoico y celoso!", gritó ella, intentando voltear la situación, como siempre. Esta vez no funcionó. "Se acabó, Clara", dije, mi voz mortalmente tranquila. "Quiero el divorcio". Su rostro palideció, pero su pánico se convirtió en rabia: "¡No te atrevas! ¡No vas a arruinar mi vida!". Justo entonces, el timbre de la puerta sonó, y dos policías uniformados entraron. "Mi esposo... se puso violento, me amenazó, tengo miedo", dijo Clara, con lágrimas falsas. Me helé, la traición descarada me robó el aliento. Caí en su trampa, y me llevaron de mi propia casa. Esa noche en la celda apestaba a desinfectante y desesperación, y me di cuenta de que mi dolor no era nuevo, sino la culminación de años de ser ignorado. Pero algo cambió esa noche; la resignación se convirtió en una inquebrantable resolución: no más. A la mañana siguiente, el Dr. Morales pagó mi fianza, mirándome con decepción, no hacia mí, sino hacia la situación misma. "Ve a casa, empaca tus cosas y sal de ahí", me dijo, "Yo me encargaré de los abogados, esto no se quedará así". Cada objeto que empaqué era un recordatorio de un amor fallido, y las palabras de la señora Carmen, mi vecina, lo confirmaron: "Esa mujer no te merece, lo vi entrar a la casa en cuanto tú te ibas a trabajar". La realidad era un golpe brutal, validando cada una de mis sospechas. Recordé el día en que había rechazado una prestigiosa beca de investigación en el extranjero por Clara, sacrificando mi sueño por una farsa. Colgué el teléfono, sin ira, solo una abrumadora certeza: mi decisión era la correcta. Me dirigí al lago solo, y el último rayo de sol desapareció en el horizonte. Ya no me sentía abandonado, me sentía libre. El peso de años finalmente se había levantado de mis hombros, y el camino por delante estaba despejado, solo para mí.”
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