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El Velo Manchado: Ximena Renace

Capítulo 4 

Palabras:738    |    Actualizado en: 09/07/2025

coche de lujo frenó bruscamente frente a mi casa. La puerta se abrió d

as. "¿Se puede saber qué demonios te pasa? ¿Rechazarm

e agarró del brazo, sus dedos c

y te disculparás. Les dirás que fue una broma e

te estaba clara. Antes de que pudiera respo

ber visto el coche de R

la mano de Ricardo de mi brazo y me colocó

osa. No era el ingeniero tímido de siempre; habí

ó una carcaj

Alejandro de arriba abajo con desprecio. "Mira la ropa que llevas. ¿Cuánto ganas en un m

norando a Alejandro co

ira, Sofía y yo nos casaremos. Es un acuerdo de negocios, su familia me ayudará a expandir el imperio. Pero tú... tú siempre serás espe

e sentí en mi vida pasada volvió con fuerza. Pero e

ser la amante de un hombre com

convencido de su

n su saco y sacó un rollo de papel atado con una c

Diego Rivera. En mi vida anterior, le había dicho que era mi obra de arte favorita, que soñaba con ten

da. Era solo papel y tinta. Un

cuánto la amabas. Hice todo lo posible por conseguir e

a de sus manos. Él sonrió,

a rompí por la mitad. Y luego otra vez. Y otra, has

desvaneció, reemplazada p

zos al suelo, como

dije con frialdad. "N

lta para ent

esto, Ximena!" gritó, s

erta y lo miré por

acercarte a mí, vuelve a tocarme, y no seré yo quien responda. Dejaré que mi prome

e como una roca. Vio la determinación en los ojos de Alejandro y, por p

casa, cerrando la puerta tras de mí, dejando a Ricardo

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El Velo Manchado: Ximena Renace
El Velo Manchado: Ximena Renace
“El frío abrazo de la decepción me asfixiaba, mientras mi vestido de novia, antes un sueño, yacía ahora sucio bajo mis rodillas en el piso de un club nocturno. Ricardo, mi prometido hasta hacía unas horas, me miraba con desprecio, sus palabras goteando veneno: "¿Por qué tenías que ser tan estúpida, Ximena? ¿Por qué tenías que meterte en mis asuntos?" La verdad de sus fraudes, de los materiales de mala calidad en sus construcciones, era un sabor amargo en mi boca. Creí que al exponerlo lo salvaba, pero solo aceleré mi propia caída. Me arrojó a las manos de un hombre corpulento con una sonrisa cruel: "Diviértete. Asegúrate de que entienda su nuevo lugar." Mi mundo se desmoronó: fui arrastrada, humillada, traicionada por el hombre que creí amar. Luego llegó la noticia: mi padre, Don Fernando, un urbanista respetado, acusado de corrupción. Y el "héroe" que lo denunció, el hombre elogiado por todos, era Ricardo Vargas. La desesperación me consumió, el dolor y la humillación eran insoportables. Cerré los ojos, deseando que todo terminara. Y entonces, desperté. El aroma a café y chilaquiles de mi madre me envolvió, la luz del sol inundaba mi habitación de la infancia. Era hoy. El día en que los padres de Ricardo Vargas vendrían a pedir mi mano. Los vi en nuestra sala, sus sonrisas fingidas, sus ojos llenos de codicia. La señora Vargas me vio y se levantó, exclamando: "¡Ximena, querida! Cada día estás más hermosa. Ricardo no deja de hablar de ti." Recordé sus verdaderas palabras de mi vida pasada: "Esa tonta de Ximena, si no fuera por el estatus de su padre, ¿quién se fijaría en ella? Ricardo solo la está usando para conseguir los contratos." Mi padre me miró con cariño: "¿Hija, qué dices?" Tomé una bocanada de aire, levanté la barbilla y los miré directamente. Mi voz, clara y firme, resonó en la habitación: "Lo siento, pero no puedo aceptar." El silencio fue sepulcral. "Ricardo Vargas no se casará conmigo," continué, mi voz cortando el aire. "Él no es digno."”
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