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Maldición de un Amor Traicionado

Capítulo 4 

Palabras:576    |    Actualizado en: 08/07/2025

asa, un lugar que de repente se sentía ajeno y frío. El silencio era pesado, lleno de

ba fijamente la pared vacía de l

oz suave y calculada. "Con las deudas, la falta de dinero... A

s de la anterior. Culpaba a la pobreza que ella misma había fabricado. Ricar

frontarla. ¿De qué serviría? La verdad no l

jo finalmente, su voz plana,

ardo. Me estás alejando. ¡Y

para mirarla por primera vez. Sus ojos estaban muertos. "

a desafiaran, a que su manipulación no funcionara. Se levantó de u

, gritó antes de salir de la casa, dando

z en años que la casa se sentía verdaderamente en calma. Era una paz triste y

él lo había dejado. Sus libros de texto apilados en el escritorio, su ropa doblada en una silla. Sobre la cómoda, v

habitación de Miguel mientras Ricardo

dor con una expr

Guardar todo esto solo te hará más daño" , dijo, su

eñaló el objeto

rquerías viejas. Hay

uel llegó a casa con una sonrisa de oreja a oreja, sosteniendo ese pedazo de plástico

resente, sino que había estado ausente de todo su pasado. No conocía a su propio hijo. No cono

en su mano, el plástico barato cortándole la palma,

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Maldición de un Amor Traicionado
Maldición de un Amor Traicionado
“El teléfono sonó, un grito estridente que rompió la paz en el pequeño salón. "Hablo del Hospital General, ¿usted es Ricardo, el padre de Miguel?". Mi corazón se detuvo. Mi hijo, mi Miguel, había sufrido un accidente grave. Mientras la desesperación me carcomía, intentaba localizar a Sofía, mi esposa, el eco vacío del teléfono resonaba en la casa. "¿Qué quieres, Ricardo? Estoy ocupada". Su voz, llena de fastidio, se clavó en mí cuando le informé que nuestro hijo estaba en el hospital. "Termino aquí y voy para allá", dijo, como si lo nuestro fuese una molestia menor. En ese instante, algo dentro de mí se hizo añicos para siempre. Cuando llegué, me confirmaron que Miguel había muerto al instante. Entonces la vi, Sofía, reluciente y festiva, entrando al hospital como si saliera de una pasarela. "¡Tú!", grité, el dolor convertido en veneno. "¡Estabas bebiendo y riendo mientras Miguel se moría en la calle!". Y en medio de mi agonía, la escuché, susurrando por teléfono: "Todo está bajo control. Ricardo no sospecha nada. Sí, todo el dinero... era para pagar la colegiatura de Santiago". El mundo se paralizó, se retorció. No solo la traición era profunda, sino el macabro intercambio: la vida de mi hijo por la de otro, su sudor y mi esfuerzo, sacrificados por una mentira. Mi Miguel, mi sueño, reducido a cenizas, ¿cómo podía existir tal injusticia? Ahora sé que tengo que entender cómo pudo pasar. Qué secreto tan oscuro pudo llevar a esto. No me rendiré hasta que la verdad, toda ella, salga a la luz. Y Sofía, ella pagará por cada lágrima de mi hijo.”
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