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Renací Para Odiarte

Capítulo 4 

Palabras:739    |    Actualizado en: 08/07/2025

ilia no era algo nuevo

iempre habían que

cardo y se hiciera cargo de los negoci

ción palpable, pero la consolaron con

nació Sofía, la decepción

imentar, otra do

io, Sofía fue la

n celebrados, sus primeras

os, y exhibida como una muñeca, a Sofía se le da

ana, aprendiendo a ser autosufic

deberes sin ayuda, a consolarse

desarrolló un resentimie

a soportar que Sofía fuera, en much

ría adornos, mientras que Isabella necesita

prendía rápido, mientras que Isabella

festó en una crueldad infantil

a y luego lloraba diciendo qu

ros de la escuela a

ras sobre Sofía, acusándola d

rándole un raspón en la rodilla que se habí

unca dudaban de s

itaba su madre. "¿Cómo te atreves a

Sofía intentara defenderse,

dad, yo no

enía su padre. "Pídele

lparse por algo que no había hech

d no importaba, solo

acoso se volvió

ria, Isabella difundí

a Sofía le gustaban que

"perdiendo" convenientemente parte

a dinámica e

riticaban, mientras colmaban a

en un examen, respondía

hubiera ganado un premio Nobel. "¡Lo hiciste mu

, Sofía veía este pasado no con do

s patéticas, unidas por

n hombre si

a manipulado

o sin fondo de ins

ación, que antes la habría sumido en la t

nidad de empezar

era la independ

había dependido com

su may

su propio dinero

o" sería su herr

bre inversiones, las acciones que se dis

nocimiento financiero

entaja ca

no y un lápiz del ca

es de empresas, fechas,

imperio de la m

cioso, invisible, pe

ortuna que nadie

ue la comprar

llo, probablemente contándole a su m

ió para su

ora, I

entras

juego ha

, yo pongo

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Renací Para Odiarte
Renací Para Odiarte
“La última imagen que vi fue el reflejo distorsionado de mi rostro en el acero pulido de una mesa de operaciones. Estaba fría, de un frío que calaba hasta los huesos, no por el metal, sino por la desesperanza. A mi alrededor, figuras de blanco murmuraban sobre "sujetos con dones" y "procedimientos de extracción". Nadie dijo mi nombre. Yo no era Sofía, era un espécimen. En esta vida que ahora terminaba, fui la sombra, la hermana dócil que eligió el "don de la humildad", mientras Isabella, mi hermana, deslumbraba con el "don del éxito" elegido por mi madre. Mi humildad me llevó a una jaula de oro, casada con Mateo, un hombre que me trató como un adorno más. Pero el éxito de Isabella era una espada de doble filo: atrajo la codicia, la traición. Familiares, esas sanguijuelas, la denunciaron a una sociedad secreta. Fue capturada, torturada en un laboratorio como este, y murió. La noticia me llegó fría, sin sentimiento, un escándalo más para mi esposo. Y ahora, aquí estaba yo, en el mismo infierno, experimentando el mismo horror. La sociedad secreta, en su búsqueda, encontró mi "don" y lo consideró valioso. El dolor se intensificó, una agonía que recorría cada nervio. Cerré los ojos con un último pensamiento amargo: a nadie le importó nunca. La oscuridad me envolvió. Un rayo de sol golpeó mis párpados. Parpadeé, confundida. El dolor había desaparecido. El frío laboratorio se había esfumado. Estaba en mi habitación de la infancia, la que compartía con Isabella. Escuché la voz de mi madre, Elena, desde el pasillo: "¡Sofía, Isabella! ¡Bajen ahora mismo! ¡Tengo algo muy especial para ustedes!" Mi corazón se detuvo. Conocía esa voz, esa frase. Era el día. El día en que mi madre nos hizo elegir nuestros dones. Me miré en el espejo: una adolescente, mi rostro sin las marcas del dolor y la resignación. Estaba viva. Había vuelto. Una furia helada y clara me invadió. Esta vez, no sería la víctima.”
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