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El Precio del Hambre y Amor

Capítulo 4 

Palabras:778    |    Actualizado en: 08/07/2025

y frijoles calmaba el hambre,

istro regular de carbohidratos, empezó a pedir más. Quería proteína

de mis compañeros. Los sándwiches, las t

ndo volví a enco

ma secundaria. El primer día que lo vi, sentí u

sorpresa! T

tratando de

del almuerzo, él se sentó a mi lado. Abrió su lonchera y, como en l

sin necesidad

Pero mi hambre era más fuerte que mi orgullo. Acepté la mitad de

iéndolos conmigo. A cambio, yo le ayudaba con la tarea de historia, que a él se le dificult

, como siempre en mi

de Mateo consiguió un trabajo mejo

lo vi, me dio su

odo tú", me dijo. "P

a recordar", le respondí, tratand

ido. Y así, sin más, mi fuente d

y frijoles, y la frustraci

sola, cuando una de las chicas populares, Valeria, se tropezó y cayó justo frente a mí. Su

te, pero no vio el billete, que

ejándose, sin darse

Miré a mi alrededor. N

estaba ahí,

jamás había tenido en mis manos. Podía

y con un movimiento rápido, pisé el billete. Fi

bolsillo. Pesa

Valeria era presumida, pero no era

abía aprendido a sobrevivir, me gritaba que me lo quedara. Era

evo. La señora que servía estaba de mal humor. Cuando me tocó, prá

gritó, sin si

tro de mí

é. "¡Esto no es n

silencio. La señora se giró, c

jiste, e

impuestos, bueno, mis padres pagan impues

se puso ro

ó. "Si no te gusta, ¡lárgate! Deberías estar agradecida de qu

eron justo en la h

ños se empez

los puños, el billete de doscientos pesos en mi bolsi

o eso. Esa señora iba a pagar por lo que me h

r su pequeño

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El Precio del Hambre y Amor
El Precio del Hambre y Amor
“El olor a frijoles fritos con chorizo me abría el apetito, un tormento en una casa donde la cuchara de mi madre solo servía porciones miserables para mí. Pero una tarde, vi el brillo de una oportunidad: cincuenta pesos, el premio de un concurso de dibujo que gané con la esperanza de saciar mi hambre por fin. Corrí a casa, el billete apretado en mi puño, solo para ver cómo la sonrisa de orgullo de mi madre se convertía en codicia al quitármelo. "A tu hermano le hacen falta unos zapatos nuevos para el fútbol", dijo, sellando mi destino con sus palabras y su acto. Esa noche, mientras el agua fría lavaba los trastes, el hambre en mi estómago se transformó: era un hueco en el pecho, una injusticia ardiente. ¿Cómo podía mi propia madre robarme así, negándome hasta el derecho a la comida? No era solo sobre el dinero; era sobre mi valor, mi existencia. Comprendí que si quería algo en este mundo, tendría que tomarlo, sin pedir permiso, sin esperar caridad. El hambre dolía más que cualquier golpe, y yo estaba dispuesta a pagar cualquier precio por saciarla.”
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