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Cadenas de Dolor, Lazos de Amor

Capítulo 4 

Palabras:596    |    Actualizado en: 08/07/2025

che, había fallado gracias a mi intervención. Ahora, Ricardo estaba improvisando, activando su

ar. Ahora," dije, tiran

ar con urgencia hacia el hombre del coche. La duda en

, Sofía? ¿Qué está

o, vieja y destartalada, giró la esquina. No le habría prestado atención, pero en mi vida anterior, después del c

aquí. D

un sonido ahogad

una manera antinatural, dirigiéndose directamente haci

iedo por nosotras, sino de furia, como si el conductor se hubiera adelan

era un error. Venían

Á, CUI

una fuerza que no sabía que tenía. La lancé hacia la pare

lo, pero el objetivo principal era mi madre. A pesar de mi empujón, el lateral del vehículo

esos y un grito ahogado

rostro del conductor a través del parabrisas sucio: otro de los hombres de con

lle, dejando tras de sí un silencio mo

lo, ignorando el dolor

á, por favor,

ángulo extraño contra la pared. Un hilo de sangre comenzaba a manar

su plan B arruinado y expuesto de la manera más br

!" grité, mi voz rompiéndose en u

s, moviéndose por un instinto que trascendía esta vida, buscaron e

gu

é el

vi preocupación por su esposa herida. Vi el frío cálculo de un hombre cuyo plan se había

reta. Acababa de estall

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Cadenas de Dolor, Lazos de Amor
Cadenas de Dolor, Lazos de Amor
“El chillido de los neumáticos fue el último sonido. Luego, la oscuridad. Y en esa bruma entre la vida y la muerte, escuché voces que helaron mi alma. "¿Están muertas?" preguntó la voz de Carla, la amante de mi padre, con una falsedad que ahora sonaba a pura crueldad. "La chica sí. La vieja todavía respira, pero no por mucho," respondió mi padre, Ricardo Romero, con una frialdad desalmada. Querían mis órganos y los de mi madre, Elena, para su hijo con la amante, un niño con insuficiencia renal. El accidente no fue accidental; fue una ejecución planeada por mi propio padre. Desperté sobresaltada, no en la carretera, sino en mi cama, el sol filtrándose. Estaba intacta. Viva. Miré el calendario: el día del "accidente". Había regresado. Fui al espejo. Mis ojos, antes ingenuos, ahora ardían con una llama fría y dura. No era la hija que buscaba su aprobación. Era la testigo de mi propia muerte, la portadora de una verdad horripilante. Ricardo, el hombre que me despreció por no ser varón. Elena, mi madre, ciega de amor, perdonando cada humillación. Carla, la calculadora, usando a su hijo como llave a nuestra fortuna. Ellos eran los monstruos. "No esta vez," susurré al espejo, mi voz temblando de rabia. "Ustedes pagarán por cada lágrima de mi madre, por cada gramo de mi vida que intentaron robar."”
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