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Cadenas de Dolor, Lazos de Amor

Capítulo 1 

Palabras:671    |    Actualizado en: 08/07/2025

el mundo se convirtiera en una violenta explosión de vidrio y metal retorcido. Mi cuerpo se sacudió sin control, y lo últi

fundo, un eco en mi alma. En esa neblina entre la vida y la muerte, escuch

án mue

e, una voz que siempre había destilado una dulzu

pero no por mucho. El hospital confirma

rme. El empresario tequilero que mi madre amaba con una devoción ciega. Su tono er

servirán. Con el seguro de vida millonario que les saqué, nuestro futuro está asegu

i madre y a mí. El accidente no fue un accidente. Fue una ejecución. Y el motivo era tan monstruoso que mi mente apenas podía procesarlo:

. Un par de piezas de repuest

ni en un hospital frío. Estaba en mi cama, en mi habitación, con la suave luz del sol de la mañana filtrá

brazos. Estaba intacta. Viva. Miré el calendario en mi mesita de

regr

nda opor

cambiado. La ingenuidad había desaparecido, reemplazada por una llama fría y dura. Ya no era la hija que buscaba la

les abortos en su obsesiva búsqueda de un heredero varón, destrozando su cuerpo y su espíritu poco a poco. Y mi madre, Elena, ta

a que usaba a su propio hijo enfermo como un

an los m

pejo, y una promesa silenc

susurré, mi voz t

á a la luz. Y ustedes dos... ustedes dos pagarán por cada lágrim

re acababa de comenzar. Y esta vez, y

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Cadenas de Dolor, Lazos de Amor
Cadenas de Dolor, Lazos de Amor
“El chillido de los neumáticos fue el último sonido. Luego, la oscuridad. Y en esa bruma entre la vida y la muerte, escuché voces que helaron mi alma. "¿Están muertas?" preguntó la voz de Carla, la amante de mi padre, con una falsedad que ahora sonaba a pura crueldad. "La chica sí. La vieja todavía respira, pero no por mucho," respondió mi padre, Ricardo Romero, con una frialdad desalmada. Querían mis órganos y los de mi madre, Elena, para su hijo con la amante, un niño con insuficiencia renal. El accidente no fue accidental; fue una ejecución planeada por mi propio padre. Desperté sobresaltada, no en la carretera, sino en mi cama, el sol filtrándose. Estaba intacta. Viva. Miré el calendario: el día del "accidente". Había regresado. Fui al espejo. Mis ojos, antes ingenuos, ahora ardían con una llama fría y dura. No era la hija que buscaba su aprobación. Era la testigo de mi propia muerte, la portadora de una verdad horripilante. Ricardo, el hombre que me despreció por no ser varón. Elena, mi madre, ciega de amor, perdonando cada humillación. Carla, la calculadora, usando a su hijo como llave a nuestra fortuna. Ellos eran los monstruos. "No esta vez," susurré al espejo, mi voz temblando de rabia. "Ustedes pagarán por cada lágrima de mi madre, por cada gramo de mi vida que intentaron robar."”
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