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El Perfume de Tu Ausencia

Capítulo 1 

Palabras:1359    |    Actualizado en: 08/07/2025

e gané vendiendo tacos de suadero y pastor lo guardé con un solo propósito: comprar el puesto de la esquina de la plaza principal. Era el mejor lug

veces se convier

gas nuevo, sintiendo el peso del trabajo bien hecho. Desde lejos, vi algo rar

ojas que chillaban: "Tacos El Patrón". Y sentado en mi banco

hombre que se movía en la sombra de negocios turbios, d

El aire se me fue

e pregunté, con la voz más

arriba abajo, con u

tú", dijo, y sus matones

tengo los papeles. Yo

miedo. Se acercó a mí, su panza casi tocánd

culo", susurró. "Este lugar ahora es mío. Y

lena luz del día, frente a todos. Los otros vendedores de la plaza miraban de reojo, p

quemaba por dentro. Recordé las palabras de mi abuela: "Miguel Ángel

umentos: el acta de compraventa, los permisos, los recibos de pag

. El permiso está a su nombre.

una chispa de esperanza.

ma estaba ahí otra vez, supervisando cómo sus hombres

í están los papeles. La delegación confirma que e

papeles. Soltó una carcajada

", se burló. "Aquí mando yo. Y te doy un consejo, escuincle: no

me dio un empujón q

al patrón.

boca. Me di la vuelta, con la rabia hir

contaba. Historias del Barrio Bravo, de Tepito, de cómo la gente se cuidaba entre sí. Y me habló de

tasía infantil. Pero la desesperac

o es que lo hubieran ocupado, es que lo habían destrozado. Las láminas estaban dobladas, la

de mi abuela, el que yo tenía colgado

tro puesto, mirándome. Cuando nuestras miradas se cruzaron

ó en una furia fría y dura. Ya no se trataba del dinero ni del pue

n. No podemos hacer nada. Probablemente fueron vándalos". Sabía que era

ido. Pero entonces, la imagen de mi abuela y sus historias de luchadores regr

nación estaba intacta. Caminé sin rumbo por un rato, hasta que mis pies me llevaron a un lugar q

ena M

puerta metálica y sin adornos. No sabía a quién bus

a frenó bruscamente a mi lado.

pedirle ayuda a los payasos enmascara

le dije, sin move

ra roja de ira. "Veo que no entiende

ercero levantó un bate de béisbol. Iban a acabar con

golpe nu

álico. La puerta de la

capa que ondeaba con la brisa. Detrás de él, aparecieron otros. Viejos, con cicatrices de mil batal

or, El Faraón. Nombres que mi a

l frente, cuya voz era un t

al muc

petición. F

parecían gigantes, ahora se veían como n

de mantener

tan. Este es un a

ro dio un pa

ios. Aquí solo hay respeto. Y este muchacho vino a busca

ela quería decir. Esto no era sobre la ley de los hombres, sino sobre un código de hono

vio la determinación en sus ojos, y supo que había cruzado una línea que no debía. Su

la pelea apenas comenzaba,

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El Perfume de Tu Ausencia
El Perfume de Tu Ausencia
“Mi abuela me dejó el mejor de los legados: el olor a cilantro, la sazón en mis manos y el sueño de mi puesto de tacos. Años de sudor y ahorro para comprar la esquina más codiciada de la plaza, mi pequeño reino de lámina y acero inoxidable, hasta que un día, el gordo Ledesma, el cacique que todos temían, apareció y con una sonrisa torcida, se apropió de todo. Mis papeles, mi esfuerzo, mis ilusiones... para él no valían nada y sus matones, con total impunidad, destruyeron mi puesto, pisoteando incluso el retrato de mi abuela. La ley parecía sorda ante mi clamor y la gente, amordazada por el miedo, solo desviaba la mirada. ¿Cómo era posible que un hombre pudiera pisotear años de trabajo y un legado familiar sin consecuencia alguna? ¿Dónde quedaba la justicia cuando el miedo era la moneda que compraba el silencio? Pero en medio de la desesperación, la voz de mi abuela y sus historias de viejos luchadores resonaron. No me iba a rendir. Si la ley de los hombres no servía, buscaría la de los justicieros del pueblo.”
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