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Cenizas de un Amor Muerto

Capítulo 4 

Palabras:664    |    Actualizado en: 08/07/2025

estra hacienda. Un evento agridulce. Por un lado, la emoción de mi nueva vida e

í, muchos por compromiso con m

adre cerca de la mesa de p

del brazo

iradas, sonriendo como si fuera la reina del baile. Él, a su lado,

só a mi lado. "

e. Su presencia era como

quien tomó la iniciativa, con esa so

ena que te vayas. Te v

a de las tías chismosas del pueblo

a Alejandro con falsa compasión. "Pobre muchacho, después del su

metida" me revo

rtunidad, adoptando una ex

ene sus prioridades. Clarame

la atención de más gente. En segundos, e

hace, Sofía

que te ha querido

ición l

e mantuve en silencio, mi rostro una máscara de ca

sonrisa se había desvanecido, reemplazada

"Es una ingrata. Alejandro la ha amado, la ha protegido, ¡y

aviso, su mano voló por

LA

el salón, seguido de

tantáneo, pero más fuerte fue

e, mis ojos clav

a", dije, mi voz baja y peligros

, una risa

stás habla

"Hablo de que los 'bandidos' que se llevaron a Alejandro eran primos tuyos, de tu puebl

ra absoluto. Todos los oj

siblemente, pero

ritó. Se aferró al brazo de Alejandro, con los ojos llenos de lágrimas de c

onto que siempre fue

Pidele una disculpa

arme por decir la

ida y manipulada, em

jer tan

na, mira có

enla d

razo. La situación se estaba saliendo de control. Estaba rod

e en medio del caos, cr

ía un as ba

a punto d

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Cenizas de un Amor Muerto
Cenizas de un Amor Muerto
“El polvo y el grito se mezclaron en un solo sonido que me rompió los tímpanos. El techo de nuestra casa, refugio de treinta años de un matrimonio miserable, se vino abajo. Extendí mis brazos, no por instinto, sino por una estúpida costumbre arraigada, para cubrir a Alejandro y a Mía. El peso del concreto me aplastó, cada hueso de mi cuerpo protestó antes de romperse. Pero lo último que vi no fue gratitud en sus ojos. Mía me miró con un odio que me heló el alma, incluso mientras la vida se me escapaba. "¡Te lo mereces! ¡Te lo mereces por separar a papá de la tía Elena!" Esa fue su última bendición para mí. Alejandro, mi esposo por tres décadas, ni siquiera me miró. Se arrastró de debajo de mis brazos rotos y corrió hacia su verdadera amada, Elena. "¡Elena! ¡Gracias a Dios que estás a salvo!" Él la abrazó con una desesperación que nunca me había mostrado a mí. Morí allí, bajo los escombros de mi hogar y de mi vida, escuchando sus sollozos de alivio por otra mujer. El dolor fue tan agudo, tan absoluto, que me arrancó el aliento. Y de repente, lo recuperé. Abrí los ojos de golpe, el corazón martilleando en mi pecho, y el sol brillante de la mañana me cegó. Estaba de pie, entera, en el patio de la hacienda de mis padres. Mis manos no eran las de una mujer de cincuenta años, maltratadas por el trabajo y el tiempo. Eran las manos fuertes y callosas de mis veinte, las manos de Sofía, la mejor charra de la región. Un calendario me gritó la fecha: Era el día en que todo había comenzado. El día en que Alejandro fue secuestrado por unos bandidos. En mi vida anterior, lo rescaté y me convertí en la heroína, firmando así mi sentencia a un infierno de indiferencia. Esta vez, mi teléfono sonó, el recuerdo de Mía y Alejandro tan vívido como el sol. Esta vez no. Esta vez no lo salvaría. Dejé que el teléfono sonara hasta que el buzón de voz se activó. El silencio fue la música más dulce que había escuchado en treinta años. La vida me había dado una segunda oportunidad, y no la iba a desperdiciar en el mismo hombre. Alejandro y Elena podían tenerse el uno al otro. Yo, Sofía, por fin iba a vivir para mí.”
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