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La Heredera Vengada

Capítulo 3 

Palabras:907    |    Actualizado en: 04/07/2025

Jr., a quien todos llamaban Ricardito,

, políticos, empresarios, todos sonriendo

vestido blanco, mi uniforme de "d

de que ella estuviera cómo

n, hasta que

de compras a Europa, pero todos sabíamos que e

estida de negro de pies a cabe

ia Don Ricardo, que sos

nito," dijo con una v

una carpeta

io más confiable te ha estado robando durante cinco años. Pero claro, est

elado cayó so

do se pus

se llevó una

ra acercarme a Doña Gua

a, finísima, que había comp

jido yo misma

le dije en voz baja. "Para que

ojos se suavizar

ias, E

!" la interrumpi

rrancándome la bufanda

manos? ¿O es que acaso le tejiste una bufanda con el mismo hil

edé h

Sofía?" preguntó Doñ

o carteando con Diego a tus espaldas. Intenta seducirlo, robarme

ión me quem

udiera responder, D

mera vez, vi una profun

cándalo? ¿Por celos? ¿En e

lda a Sofía y

da, Elena. Es preciosa

los invitados con

a veces es... apasionada. Por

daño est

dispersaron, Don Ricar

ra una másc

seó. "A humillar a tu f

humillan a mí prefiriendo a est

Z

resonó en to

a mejilla, con los ojos lle

el respeto. Aprende de Elena. Ella, al menos, sabe lo que es la gratitud. Ha rec

ota que derr

ó sobre mí como

o es tu cul

tiró del pelo, me e

i vestido se rasg

s, todos

esp

icatrices vi

ortes de navaja, cicatrices de lat

s peores momentos, cuando descargaba su

corrió a los pocos in

se tapó la bo

a distancia, dio un paso adelante, con una expr

mío, El

intentando cubrirme la

, aunque no lo estaba.

alma rota, parecieron golpear a

ardo, su furia hacia Sofía ahora t

ción de todos, pareci

ntirosa! ¡Se las hizo ella

adie l

irada d

lo interés o

era

pas

a un hombre que se cre

olor y mi humillación, una certe

ten

de usar a Diego, volv

a sería d

verdadera naturalez

e convertiría en su

lo esperara, le

icament

sería much

más do

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La Heredera Vengada
La Heredera Vengada
“Diego Navarro, el prometido de mi hermana, me besaba en la oscuridad de su coche, sus manos recorrían mi espalda con una urgencia que me hacía sentir poderosa, susurrando que yo era todo lo que siempre quiso. Una sonrisa amarga floreció en mis labios; una sonrisa que él no podía ver, porque no era para él. Era para mi plan, el que tejí durante diez largos años, en este rancho de Jalisco que apesta a tequila y dinero viejo. Me llamo Elena Mendoza, la hija ilegítima de Don Ricardo Vargas, recogida por caridad, criada para servir. Y ella, Sofía Vargas, "La Perla", la hija legítima, la princesa del imperio tequilero, la dueña de todo lo que yo debería haber tenido. Incluido el hombre que ahora mismo me decía que me amaba. Para tener a Diego comiendo de mi mano, renuncié a una universidad prometedora, me quedé aquí, soportando los desprecios de Doña Guadalupe y las burlas de Sofía. Nadie entendió que era el primer paso de mi venganza, que mi plan era despojarlos de todo. Pero esa noche, la farsa se rompió. Una hora antes, los vi. Sofía y Diego, creyendo que nadie los veía, se encontraron junto a los establos. Desde las sombras, escuché a Diego susurrarle a Sofía: "La tengo justo donde quiero. La pobrecita cree que soy su salvador. La usamos para tener control, y luego la desechamos como la basura que es." El corazón se me detuvo. Yo, la maestra de la manipulación, estaba siendo manipulada. Diego no era mi aliado, era un gigoló buscando poder a través de Sofía, y yo solo una herramienta. El dolor fue agudo, pero duró poco, reemplazado por furia gélida. Más tarde, mientras la familia cenaba, fingí un malestar y me retiré. La puerta del despacho de Don Ricardo estaba entreabierta. Escuché a Sofía insistir en la boda para consolidar su poder, y a Diego asegurar que yo era una "chica simple" , fácil de manejar. Salí de la casa sin hacer ruido, caminando por el sendero de grava que llevaba a la carretera. Mi plan original, usar a Diego para destruir a Sofía, se había hecho pedazos. Pero uno nuevo, más oscuro, comenzaba a formarse. Ya no era solo quitarle a Sofía lo que amaba. Ahora se trataba de aniquilarlos a todos. Recordé el día que me subieron a la barandilla de un centro comercial, a los seis años. Mi madre, desesperada, le gritó a Don Ricardo por teléfono, amenazando con tirarme si no nos ayudaba. Luego, se desplomó. Tenía ocho años. Fui a buscar agua y escuché a Don Ricardo y Doña Guadalupe. "Está hecho. Murió de un ataque al corazón. Nadie sospechará. Era una prostituta, a nadie le importará." "¿Y la niña, qué hacemos con Elena?" preguntó Doña Guadalupe. "Se queda. La bruja dijo que tener a su hija aquí, bajo nuestro techo, aplacará su espíritu vengativo. La enterré al pie de la colina, donde todos pisan, y puse unos zapatos viejos encima, para que su alma nunca pueda levantarse." Mi madre no murió de un ataque al corazón. La asesinaron. Yo no era un acto de caridad. Era un amuleto. Todo mi odio, mi resentimiento, se cristalizó en un propósito letal. No solo los destruiría, haría que desearan no haber nacido. Volví al presente. Alguien llamó a Don Ricardo. Ricardito, su último hijo, su nuevo heredero, había muerto. Sofía confesó haberlo atacado a él y a su madre sustituta, creyendo que yo era la amante de su padre. "¡MALDITOS! ¡LOS ODIO!" el grito de Sofía resonó. Don Ricardo la abofeteó. "¡ESA MUJER ERA TU MADRE! ¡LA MADRE DE RICARDITO! ¡ACABAS DE MATAR A TU PROPIO HERMANO!" En ese caos, yo, Elena, la sombra, la bastarda, vi cómo se derrumbaba el imperio Vargas. La familia que abusó de mi madre, que me hizo un amuleto, que me humilló, estaba ardiendo. Y yo era el fuego. Ahora soy la dueña de todo. Una reina sin trono, pero con un imperio. Dicen que es un cuento de hadas donde la bastarda vence la adversidad. Pero conocen apenas la mitad de la historia. Soy Elena Vargas. Y mi historia apenas comienza.”
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