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Cuando el Sufrimiento Baila un Tango

Capítulo 1 

Palabras:708    |    Actualizado en: 01/07/2025

habían estado al borde de la se

enazaba con romper, solo para disfrutar del poder de ver a Lina, consumida por su

pública en una de las milongas más famosas de B

de Máximo, sino el descubrimiento de una c

ritos a mano por Máximo, detallando su obsesión

no era indiferencia, sino un sádico deleite en su devoció

, dándole la fuerza para cort

rebato de celos porque Lina aceptó bailar una tanda con un viejo amigo, la hum

, Lina, con el corazón roto pero la dignidad i

tiró a la basura el vestido rojo que él tanto amaba, los zapatos de tango que le regaló y una foto

había visto en el llavero de Máximo. Por impulso, la usó para

ella. Describían su admiración por su baile, la belleza de su vestido rojo en

ailar en una pequeña milonga de La Boca. Ella, una simple bailarina, se enamoró de su poder y su misterio.

no la dejara. Pero esperaré. El sabor de su deses

ada para su entretenimiento. Las noventa y nueve rupturas anteriores no f

erdad, supo que esta vez no habría

ximo, que había venido a recogerlo, ca

rarla, le ordenó al chófer que lo llevara a una cata de vino

ra, herida en la

ada, se dio cuenta de que había perdido un pequeño amuleto de plata, una

mirado días antes, durante una c

en un puño, l

y distante. "¿Estoy ocu

emblando. "La de mi abuela. La he

eso. Se la di a Isabe

imo, era de

raré una docena. Por cierto, Isa ya l

con el grito ahog

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Cuando el Sufrimiento Baila un Tango
Cuando el Sufrimiento Baila un Tango
“Mi relación con Máximo era un ciclo vicioso de humillación y súplica. Él me amenazaba con la ruptura, disfrutando el poder de verme implorar que se quedara. Pero la centésima vez, después de humillarme públicamente en una milonga, algo cambió. No fue su crueldad lo que me liberó, sino el descubrimiento de una caja secreta. Dentro, no había vino, sino docenas de poemas escritos a mano por él. Describían su retorcida obsesión, su sádico placer al verme luchar por su amor, al verme sufrir. Comprendí que solo era un juguete en su perverso juego. Luego, una llamada. "¿Mi medallón? Se lo di a Isabella. Era insignificante, ya lo perdió". Verlo proteger a Isabella en el accidente, mientras yo caía herida, confirmó su indiferencia. Me forzó a beber el licor al que soy alérgica, observando mi sufrimiento con una sonrisa casi imperceptible. Acusaciones falsas de Isabella que él creyó, palizas de matones que él permitió. El robo descarado de mi coreografía, mi alma. ¿Por qué hizo esto? "Te advertí que no debías volver a ese ambiente", dijo con frialdad. Cualquier resto de amor murió. Sabía que no le quedaba tiempo. A punto de colapsar, Máximo me exigió un ultimátum final: donar sangre para salvar a Isabella o perderlo todo. Acepté, mis ojos fijos en mi verdadera meta: la libertad. El día que nuestra separación legal expiró, salí del registro civil con mi certificado de divorcio en mano, rumbo a París. La verdad es que no, Máximo. Ya no te quiero.”
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