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No Necesito Familias que Me dañan

Capítulo 4 

Palabras:599    |    Actualizado en: 01/07/2025

por dentro. Un vacío inmenso, abrumador.

usurro roto. "Mi madre... ha

de Lina. "Lo siento, Iván. Pero no puedo ir. Tengo una feria d

ntó él, con un últim

iero que se exponga

l peso del abandono total. Su esposa y su hija n

fue una tortura silenciosa. Enterró a su madr

i su esposa rica ni su hija vinie

olor. Se sentía desnudo, expu

fono no tenía llamadas perdidas ni mensajes de Lina o Luciana. Solo la no

casa. Había asumido el papel de señor de la finca, moviénd

or la caja que Elena le había

?", le pregun

as preparaba especialmente. Son sa

"Tengo hambre. Lina, Luc

iana, se las comieron todas. Devoraron el últim

vinos. Había pasado el fin de semana con

lmente, lo único que anhelaba era el consuelo

las caj

ontó lo que había pasado. "Señor, yo

ombre que le había robado a su familia, consumiera el último regalo de su ma

en la cocina, sonriente. Lo

a? Pareces u

no había amor en sus ojos. So

re!", gritó, su voz quebrada por el llan

ncomprensión, inse

án. No seas tan dramático. T

u dolor fue la ofensa final. Fue e

ía. La miró a los ojos, a la mujer q

es. Pero no dejaré que insulten la memoria de mi madre. Lina

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No Necesito Familias que Me dañan
No Necesito Familias que Me dañan
“Iván Castillo, enólogo de origen humilde, vivía una existencia desoladora en la suntuosa finca de los Ramírez. Su esposa, Lina, y su hija, Luciana, solo tenían ojos para Máximo Salazar, ignorándolo olímpicamente como si fuera un don nadie. La indiferencia se convirtió en puñalada cuando, tras un accidente de Luciana, Lina lo humilló públicamente, presentándose con Máximo como la familia perfecta. Pero el golpe mortal llegó con la noticia del fallecimiento de su anciana madre, Elena, su único pilar en la vida. Lina y Luciana se negaron fríamente a asistir al funeral, dejándolo solo con su dolor. Lo que siguió superó todo límite: a su regreso, descubrió que Máximo, con la aprobación de Lina y el aplauso de Luciana, se había devorado las empanadas caseras de su madre, el último recuerdo tangible que tenía de ella. ¿Cómo era posible tal crueldad? ¿Cómo podía la mujer que amó, la hija que protegió, pisotear con tanta saña la memoria de su madre? La visión de las cajas vacías y la fría trivialización de Lina. En un instante, el dolor se transformó en una claridad helada: la sumisión había terminado. Mirándola a los ojos, Iván pronunció las palabras que cambiarían su destino para siempre: "Quiero el divorcio. Ya no las quiero, ni a ti ni a Luciana."”
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