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Mi Marido, Mi Tormento, Mi Redención

Capítulo 2 

Palabras:585    |    Actualizado en: 01/07/2025

un sobre llegó a la ofi

de L

l ceño. ¿Qué p

por él. En la sección de reparto de bienes, él había renunciado

a se dibujó en los

rindes", murmur

llevaba se levantó de sus hombros. Cogió su pluma

or fin e

s, Kieran Hewitt bajaba de un avión procedente de

do. Su plan ha

evelarle a León la verdadera identidad del receptor de la

estaba libre. Lu

eléfono y

o", dijo con una v

la voz de ella sonaba pr

ería darte una sorpresa.

ujo. Luciana parecía más relajada de

el efecto deseado", dijo é

levantó

car

itió él sin reparos. "Alguien

liz. "Pues gracias. Me ha pedido el divo

ó una oleada

to, una voz furios

ue era

León, estaba de pie junto a su me

con este tipo mientras León est

con frialdad. "N

ablando? Luciana y yo solo somos amigos. Además, ya est

lvia cayó. "¿Divor

jo Luciana con ai

el pánico reflejado en su ros

y otra vez. Solo sa

or un mal presentimiento. Se volvió hacia Luciana. "

hechizo de alegría de Luciana. Su sonrisa

uso una mano en el brazo. "No le hagas c

Luciana se apar

cho a su hermano Máximo, pero había algo en él que

tó abrup

, dijo, sin dar

, dejando a un Kieran

ra cruzó su mente. En los últimos cuatro años, se había acost

Le

permitido acercarse, aunque

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Mi Marido, Mi Tormento, Mi Redención
Mi Marido, Mi Tormento, Mi Redención
“Hoy era nuestro aniversario de boda. Cuatro años de un "matrimonio" que yo, Luciana Salazar, siempre consideré una transacción, un mero contrato. León Castillo, mi "marido", había preparado una cena especial y abrió un vino único, cosechado con sus propias manos, solo para mí. Pero yo llegué a medianoche, acompañada de Kieran Hewitt, el hermano de mi difunto prometido y mi "verdadero amor". Lo interrumpí con desdén: "Preferiría beber veneno que tu vino". Mis palabras se clavaron en él, cada una más fría que la anterior. Le recordé que solo me había casado con él para salvar a Kieran, porque León era el único donante compatible para el trasplante de médula ósea. Él era el precio que tuve que pagar. Suplicó, me dijo que me amaba, intentó abrazarme. Lo empujé, sintiendo asco, y le solté la verdad más cruel: "Nunca serás mi marido. La única vez que podría sentir algo por ti sería el día de tu muerte". Horas después, firmé los papeles del divorcio que él ya había entregado, sintiendo un inmenso alivio. Pero entonces, su mejor amiga, Sylvia, apareció en el restaurante donde celebraba con Kieran, y sus palabras me helaron la sangre: "¡León está muerto! ¡Se suicidó! Saltó del Puente de Piedra anoche". No podía ser verdad. Él no haría eso. Pero al verlo en la morgue, tan pálido y frío, la realidad me golpeó. Sin una lágrima, con una eficiencia glacial, firmé los papeles para cremarlo. Cuando me entregaron la urna de olivo con sus cenizas, pesaba más de lo que jamás imaginé. Y no se la entregaría a nadie. "Legalmente, sigo siendo su viuda", declaré, aferrándome a lo único que quedaba de él. Lo llevé a nuestra bodega, a su lado de la cama, y allí me quedé, deseando que el pesado silencio se rompiera con su incesante parloteo. ¿Por qué en la quietud me parecía oír su risa burlona? "¿Estás feliz ahora, León?", susurré. "Me hiciste sufrir cuatro años. Ahora es mi turno. Te mantendré atado a mí. Sin entierro. Sin descanso. Para siempre". ¿Por qué hacía esto? ¿Por qué la rabia y el vacío eran tan abrumadores cuando él ya no estaba? ¿Qué era este dolor que me consumía? ¿Y por qué el alma me gritaba que la verdad de su muerte era más retorcida de lo que imaginaba?”
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