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Mi Marido, Mi Tormento, Mi Redención

Mi Marido, Mi Tormento, Mi Redención

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Introducción 

Palabras:386    |    Actualizado en: 01/07/2025

de un "matrimonio" que yo, Luciana Salazar, sie

o, cosechado con sus propias manos, solo para mí. Pero yo llegué a medianoche, aco

veneno que tu vino". Mis palabras se clava

ran, porque León era el único donante compatible para el tra

ndo asco, y le solté la verdad más cruel: "Nunca serás mi marido. L

. Pero entonces, su mejor amiga, Sylvia, apareció en el restaurante donde celebraba con Kieran, y su

gue, tan pálido y frío, la realidad me golpeó. Sin una lágrim

lo que jamás imaginé. Y no se la entregaría a nadie. "Legalmente, sig

incesante parloteo. ¿Por qué en la quietud me parecía oír su risa burlona? "¿Estás feliz ahora, León?", susurré. "M

do él ya no estaba? ¿Qué era este dolor que me consumía? ¿Y por qué el alma

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Mi Marido, Mi Tormento, Mi Redención
Mi Marido, Mi Tormento, Mi Redención
“Hoy era nuestro aniversario de boda. Cuatro años de un "matrimonio" que yo, Luciana Salazar, siempre consideré una transacción, un mero contrato. León Castillo, mi "marido", había preparado una cena especial y abrió un vino único, cosechado con sus propias manos, solo para mí. Pero yo llegué a medianoche, acompañada de Kieran Hewitt, el hermano de mi difunto prometido y mi "verdadero amor". Lo interrumpí con desdén: "Preferiría beber veneno que tu vino". Mis palabras se clavaron en él, cada una más fría que la anterior. Le recordé que solo me había casado con él para salvar a Kieran, porque León era el único donante compatible para el trasplante de médula ósea. Él era el precio que tuve que pagar. Suplicó, me dijo que me amaba, intentó abrazarme. Lo empujé, sintiendo asco, y le solté la verdad más cruel: "Nunca serás mi marido. La única vez que podría sentir algo por ti sería el día de tu muerte". Horas después, firmé los papeles del divorcio que él ya había entregado, sintiendo un inmenso alivio. Pero entonces, su mejor amiga, Sylvia, apareció en el restaurante donde celebraba con Kieran, y sus palabras me helaron la sangre: "¡León está muerto! ¡Se suicidó! Saltó del Puente de Piedra anoche". No podía ser verdad. Él no haría eso. Pero al verlo en la morgue, tan pálido y frío, la realidad me golpeó. Sin una lágrima, con una eficiencia glacial, firmé los papeles para cremarlo. Cuando me entregaron la urna de olivo con sus cenizas, pesaba más de lo que jamás imaginé. Y no se la entregaría a nadie. "Legalmente, sigo siendo su viuda", declaré, aferrándome a lo único que quedaba de él. Lo llevé a nuestra bodega, a su lado de la cama, y allí me quedé, deseando que el pesado silencio se rompiera con su incesante parloteo. ¿Por qué en la quietud me parecía oír su risa burlona? "¿Estás feliz ahora, León?", susurré. "Me hiciste sufrir cuatro años. Ahora es mi turno. Te mantendré atado a mí. Sin entierro. Sin descanso. Para siempre". ¿Por qué hacía esto? ¿Por qué la rabia y el vacío eran tan abrumadores cuando él ya no estaba? ¿Qué era este dolor que me consumía? ¿Y por qué el alma me gritaba que la verdad de su muerte era más retorcida de lo que imaginaba?”
1 Introducción2 Capítulo 13 Capítulo 24 Capítulo 35 Capítulo 46 Capítulo 57 Capítulo 68 Capítulo 79 Capítulo 810 Capítulo 911 Capítulo 1012 Capítulo 1113 Capítulo 1214 Capítulo 1315 Capítulo 1416 Capítulo 1517 Capítulo 1618 Capítulo 17