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El Amor Que Él Olvidó

Capítulo 3 

Palabras:539    |    Actualizado en: 30/06/2025

inamente buena, y su hospitalidad hacía que todo fuera aún m

cortaba la comida a Sofí

apartaba un mechón

s manos se encontr

e ellos era un recuerdo doloroso, una repetición de nuestr

ía estado buscando, que estaban desesperados por verlo. Vi la du

la que l

la de él. «Es tu pasado. Tienes derecho a conocerlo.

stencia se desvaneció. «Si

una excusa para estar cerca de él, una forma de tortura autoimpu

o mi atención estaba en el espejo retrovisor. Los veía en el asiento trasero. Sofía se quedó dormida, apoyando

ontraron por un segundo. No había nada en su mirada, solo la cortes

yo no e

illo. Había llamado a la madre de Máximo, Isabel,

a abrazar a Máximo. Él se quedó rígido,

n una sonrisa forzada. «Y tú debes s

. «Gracias por recibirnos. León e

de Sofía, y en sus ojos vi un profund

bel me encontró en el jardín. Se sentó a

No sé qué decir. Verlo

no recuerda. Y ella es una b

la que ha sufrido durante tres año

cayendo sobre mí. «El Máximo que yo conocí ya no existe

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El Amor Que Él Olvidó
El Amor Que Él Olvidó
“Durante tres años, mi corazón latió con el eco de una pérdida inaceptable, un dolor que casi me consume tras la supuesta "muerte" de Máximo en aquella misión. Un día, una llamada inesperada destrozó el silencio opresivo de mi habitación con una noticia imposible: Máximo estaba vivo, pero había perdido la memoria. Lo encontré en un tranquilo pueblo, con una mujer que no era yo, y lo que es peor, ella esperaba un hijo suyo, mi prometido había construido una vida entera sin recordar la nuestra. Máximo o, como ahora lo llamaban, León, me miró como a una extraña, sus ojos una vez llenos de amor ahora vacíos de todo reconocimiento, y cada gesto de ternura hacia ella me traspasaba el alma. Para proteger su nueva felicidad y la vida que había logrado construir, me tragué mi identidad, mis planes y el futuro que habíamos soñado, asumiendo el papel de una "vieja amiga" en una farsa que lentamente me estaba matando. Cuando él regresó a Sevilla para exigirme el divorcio, mi corazón, ya enfermo y roto, comprendió que mi única salida era una despedida que le daría a él su libertad final. Acepté los papeles, pidiéndole solo quince días, porque sabía que mi muerte sería el único "divorcio" que jamás necesitaría. ¿Podría mi sacrificio, consumado en silencio y amor incondicional, ser el catalizador que finalmente le revelara la devastadora verdad, o estaba condenada a desaparecer sin un solo recuerdo en el hombre que aún amaba con todo mi ser?”
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