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De Esposa Suave a Reina

Capítulo 2 

Palabras:439    |    Actualizado en: 24/06/2025

e escuché el llanto de mi bebé, todo el dolor

ñora Isabella. Un

negro y los ojos de mi padre. La llamé Paloma. Mi pequ

paz du

atro criadas entraron en mi habitación. No venían a servir, venían

enemos algo q

l suelo. Luz se tocaba el vientre con una s

s embara

ayó como una piedra e

cuat

satisfecha de Luz, la vergüenza de Pilar y la tristeza de Espera

que había estado sombrío por el nacimiento de una nieta, se i

ro posibles here

, su voz un si

teo... eso asegura nuestro legado. Aceptarás a estas mujeres como las concubinas

de Mateo era una cosa, pero esto... esto

No

un susurro,

mi casa. Con mi

la puerta, con una

Isabella. Tu lugar está aqu

as por Soledad y Luz

ó Luz. "Si nos vamos, estamos manchadas. Nadie

ros hijos son la sangre de su esposo. Merece

a y la traición de las únicas personas en las que creía confiar. Sostuve a Pal

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De Esposa Suave a Reina
De Esposa Suave a Reina
“Introducción Soy Isabella, la única heredera de las vastas tierras en los Andes peruanos, ahora una prisionera en una jaula dorada en México. Casada con Mateo, un hombre de un nuevo poder sangriento, nuestra unión era una alianza estratégica para el mundo, pero para mí, era una lenta asfixia. Mis cuatro primas, traídas desde Perú, eran mi único consuelo, mi pedazo de hogar en este lugar extraño, mientras llevaba ocho meses de embarazo. Pero una noche, esa ilusión se desmoronó. Mateo, en un acto que llamó "purificación" tras una supuesta emboscada, se acostó con mis cuatro primas delante de mis ojos, una traición que me destrozó el alma. Poco después, la tragedia más cruel me alcanzó: mi pequeña Paloma, mi hija, mi razón de vivir, murió de forma repentina. El dolor era insoportable, pero el horror no había terminado. Mi despiadada suegra, Doña Elvira, y mis propias primas, con sus vientres ya abultados con los hijos de Mateo, enterraron a mi hija como a un animal, sin piedad ni respeto, robándome incluso el consuelo de un luto digno. Luego, el golpe final: fui acusada de envenenar a Doña Elvira, un crimen que no cometí, y condenada por todos a una prisión dentro de mi propia casa, sin permitirme defensa. ¡La locura! ¿Cómo podía el universo permitir tanta vileza? Mi esposo, mi familia, mi hogar... todo se había convertido en una trampa macabra. La desesperación me ahogaba, el odio ardía en mis venas, y una pregunta resonaba sin cesar: ¿Por qué? Pero en los susurros de mi leal Esperanza, encontré una astilla de luz: Mateo planeaba matarme en un falso accidente. Cuando las llamas comenzaron a consumir mi prisión, no fue mi fin; fue mi renacimiento. De las cenizas, de la traición y del dolor, Isabella la Andina, la que creyeron muerta, se levantó con una sed insaciable de venganza, lista para reclamar su trono y destruir a quienes la despojaron de todo.”
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