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Punto de vista de Rowena
La puerta de mi dormitorio se abrió de golpe, con tanta fuerza que casi arrancó las bisagras.
-¡Mi Luna! -Velvet entró a trompicones, jadeando, con la voz aguda por la emoción-. ¡Ha vuelto! ¡El Alfa Kaelen ha regresado! Está en el ala este, con su abuela, lady Maelis.
La mano me dio un respingo y la punta de la pluma me cortó un dedo, pero apenas lo noté. Un único pensamiento resonaba en mi mente.
Kaelen había vuelto.
Me llevé el dedo herido a los labios para contener la gota de sangre, incapaz de reprimir la alegría que me inundaba.
Habían pasado tres años desde la última vez que vi a mi esposo, el Alfa de la Manada Moonreign.
Fue en nuestra noche de bodas.
Ni siquiera tuvimos un momento a solas antes de que lo reclamaran en la frontera de la Federación.
Desde entonces, había servido como su Luna. Había mantenido unida a la manada con una devoción inquebrantable y contado los días que faltaban para su regreso.
Velvet, mi doncella, sabía mejor que nadie lo mucho que había soportado durante aquellos años. Kaelen no había tenido tiempo de marcarme. Y Kyra, mi loba interior, llevaba tanto tiempo en silencio que casi había perdido la esperanza de volver a sentirla.
Moonreign era una manada pequeña, pero gobernarla no resultaba sencillo para una Luna cuya loba se desvanecía. Había tenido que cuidar de mi suegra enferma, soportar el escrutinio de los ancianos y atender las innumerables necesidades de la manada. Muchas noches me había preguntado si sería capaz de resistir un día más.
Pero lo había conseguido.
Y ahora Kaelen estaba en casa.
Me marcaría. Compartiríamos las responsabilidades de la manada. Tal vez incluso formaríamos nuestra propia familia.
Por fin, todo iba a ocupar el lugar que le correspondía.
Con aquellas ilusiones bullendo en mi interior, me arreglé con más esmero que en los últimos años. Me puse los pendientes de perlas de mi madre, los mismos que ella había llevado como símbolo del vínculo que la unía a mi padre. Siempre creyó que me conducirían hacia un matrimonio tan dichoso como el suyo.
Yo también lo creía.
Esa misma mañana, Kyra se había manifestado por primera vez en lo que parecía una eternidad. Rondaba inquieta en lo más profundo de mi mente, y su desasosiego me recorría bajo la piel. Entonces me había resultado perturbador.
Ahora lo comprendía.
Había percibido lo que se acercaba.
Kaelen volvía a casa.
El camino hasta el ala este no era largo y, sin embargo, cada paso parecía prolongarse eternamente. Mi compostura habitual flaqueó: mi andar, antes sereno y elegante, revelaba ahora una urgencia imposible de disimular. Pero cuando las puertas del salón aparecieron ante mí, reduje el paso sin proponérmelo.
Mi matrimonio con el Alfa Kaelen Varkos había comenzado como un torbellino.
Después de que mi padre y mi hermano cayeran en batalla, uno tras otro, la salud de mi madre se desplomó. Su último deseo era verme casada, confiada al cuidado de alguien a quien considerara digno.
El Alfa Kaelen fue el hombre que eligió.
La Manada Moonreign tenía un tamaño modesto, pero gozaba de cierto prestigio. Más importante aún, su joven Alfa era competente y dominante. Mi madre confiaba en que sería mi igual y sabría protegerme.
No éramos compañeros predestinados.
Pero aquella fugaz noche de bodas había bastado para grabarlo en mi corazón.
Con su uniforme militar, se veía tan imponente como vestido de novio. Quizá incluso más. Había adquirido un aire más duro, más peligroso. Cuando sus ojos oscuros e insondables se posaron en mí, mi joven corazón latió con una fuerza que jamás había conocido.
-Mereces algo mejor que esto -me había dicho mientras apartaba un mechón suelto de mi rostro-. Espérame, mi Luna.
Aquellas palabras me habían sostenido durante tres años.
Y ahora había regresado.
Me detuve frente a las puertas para recobrar la compostura. En el panel de cristal decorativo contiguo vi el reflejo de mis ojos enrojecidos. Aproveché aquel último instante para asegurarme de que mi esposo encontraría a la mujer que recordaba.
Entonces lo oí.
Una voz llegaba desde el interior, a través de la puerta entreabierta. Autoritaria. Terminante.
-Rowena no tiene voz en esta decisión.
Solo necesité un latido para reconocerla.
Era la voz de mi esposo.
-Ya he accedido a casarme con Virella -prosiguió-. La decisión está tomada. Soy el Alfa de la Manada Moonreign.
Sus palabras me golpearon como una oleada de agua helada y apagaron de inmediato toda mi alegría.
¿Virella? ¿Quién era Virella?
¿Mi esposo, el hombre que me había pedido que lo esperara, pensaba casarse ahora con otra mujer?
Empujé la puerta sin detenerme a pensar. La fuerza con que lo hice me sorprendió incluso a mí. Todas las cabezas se volvieron en mi dirección.
Kaelen estaba sentado en silencio en el trono del Alfa. La abuela Maelis ocupaba su lugar habitual, cerca de él, con el rostro convertido en una máscara de severa autoridad. Mi suegra, Elira, estaba sentada justo debajo. Cuando nuestras miradas se encontraron, dejó escapar un suspiro silencioso. Las expresiones de los demás miembros de la manada oscilaban entre el estupor y una curiosidad apenas disimulada.
Pero mis ojos buscaron directamente el único rostro desconocido.
Nadie tenía que decirme que aquella era la mujer a la que Kaelen había llamado Virella.
No poseía una belleza convencional, pero había algo llamativo en su porte: una delgadez de líneas afiladas y un dominio de sí misma que parecía casi ensayado. Sus facciones eran finas, y llevaba el cabello oscuro recogido hacia atrás, dejando al descubierto la elegante curva del cuello.
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