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El árbol de la ciencia

El árbol de la ciencia

Henry James

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5
Capítulo

El Árbol de la Ciencia es un relato fantástico escrito en 1900. Peter Brench es un hombre muy rico íntimo amigo del matrimonio Mallow. Está secretamente enamorado de la Sra Mallow. El Señor Mallow, un escultor más que mediocre, es un soñador empedernido quien atribuye su fracaso artístico a distintos factores, pero nunca a su falta de talento. Lancelot, el hijo de los Mallow va a París a iniciarse en la carrera artístisca pero se percata de su falta de talento que le confiesa a Peter, su padrino. Los dos prometen guardar el secreto del otro en aras de que todo siga tal cual para no enturbiar las relaciones familiares...

Clásico 1
No.1

1.

Entre otras convicciones secretas, cual las que todos albergamos, Peter Brench estimaba como el más grande logro de su vida no haber emitido jamás un juicio comprometedor sobre la obra, como era denominada, de su amigo Morgan Mallow. En lo tocante a ella, según pensaba él honradamente, nadie podía, con veracidad, citar una sola opinión pronunciada por sus labios, y en ningún lado podía haber constancia de que, a ese mismo respecto, en ninguna ocasión ni tesitura alguna, hubiese mentido o hubiese proclamado la verdad. Semejante triunfo le parecía de relevancia capital aun siendo un hombre que había logrado otros triunfos: un hombre que había llegado a los cincuenta años, que había eludido el matrimonio, que había vivido sin dilapidar su fortuna, que desde muchos años atrás amaba a la señora Mallow sin decir palabra, y que, lo último en orden pero no en importancia, se había juzgado a sí mismo hasta los más íntimos recovecos. De hecho se había juzgado hasta tal punto que había sentenciado que la actitud que mejor le cuadraba era una gran humildad global; y, sin embargo, nada lo hacía tener mejor concepto de sí mismo que el recto rumbo que había logrado seguir pese a varios de los escollos precitados. De esta guisa, consideraba categóricamente un mérito que aquéllos de sus amigos en quienes más confianza tenía fueran precisamente aquéllos ante quienes guardaba la mayor reserva. Él no podía -al menos eso había decidido el excelente hombre- decirle a la señora Mallow que ella era la adorable causa única de su contumaz soltería; y tampoco decirle al marido que la visión de los innumerables mármoles que poblaban el taller de éste le causaba un sufrimiento cuya incisividad ni siquiera el tiempo había conseguido embotar. Sin embargo, su victoria, como ya he apuntado, en lo tocante a estas esculturas, no consistía sólo en haber callado que las abominaba; consistía además, heroicamente, en no haber intentado nunca obtener, como premio a su silencio, una dulce compensación de otro orden.

La situación entera, entre estas buenas gentes, era en verdad cosa digna de admiración, y probablemente no había ninguna que le fuese comparable en muchas leguas a la redonda del punto que nos incumbe: la zona londinense donde en aquella época los melodiosos declives de Hampstead principiaban a ser debelados por los quebrados ritmos de St. John's Wood. Peter deploraba las estatuas de Mallow y adoraba a la esposa de Mallow, pero sentía considerable simpatía hacia Mallow, por quien, a su vez, él era igualmente apreciado. La señora Mallow exhibía gran admiración por las estatuas… aunque, si la apuraban, confesaba preferir los bustos; y su ostensible afecto por Peter Brench se debía al afecto que éste último le testimoniaba a Morgan. Por lo demás, cada uno de los tres amaba a los otros dos por la delicadeza con que trataban a Lancelot, el único y muy querido descendiente de los Mallow, en quien el amigo de la casa tenía al tercero -pero sin duda el más guapo- de sus ahijados. Desde su nacimiento, ninguno de la familia, ni siquiera el propio niño, si hubiese sido posible consultarlo, habría hallado sujeto más cualificado que Peter para el papel de padrino. Por fortuna, todas estas notables personas gozaban, en el aspecto pecuniario, de cierto desahogo; de lo contrario, el Maestro no habría podido pasar sus solemnes Wanderjahre1 en Florencia y en Roma ni continuar, junto al Támesis no menos que junto al Arno y el Tíber, amontonando una tras otra obras no vendidas y modelando, con lo que no tenía otro remedio que ser una pasión de todo punto desinteresada, fantaseadas cabezas de celebridades demasiado sumidas en la época o demasiado poco -demasiado ocupadas en vivir el presente o demasiado muertas y enterradas en el pasado- para concederle sesiones de "pose". Ni tampoco Peter, que se presentaba casi todos los días, habría podido encontrar los suficientes ratos de ocio para colaborar con su presencia a mantener toda esta complicada tradición de cosas. Él, el depositario de estos secretos, era hombre macizo pero bonancible: corpulento y recio y rubicundo y crespo, de entonaciones profundas, miradas profundas, bolsillos profundos, por no mencionar su hábito de las pipas largas, los sombreros flexibles y los trajes descoloridos entre parduscos y grisáceos, en apariencia siempre los mismos.

Se había entregado a "escribir", según se sabía, aunque nunca se hubiera entregado a hablar… a hablar, en particular, de eso; y daba la impresión (ya que, según se creía, continuaba cogiendo la pluma) de que prosiguiera su actividad literaria para tener algo más -como si, de suyo, aún no tuviera bastante- sobre lo cual callar. Sea como fuere, lo cierto es que sus ocasionales versos y prosas, ignorados de todos, le permitían afirmar ante su propia mirada la integridad de su buen gusto y comprobar paladinamente la interdependencia de la fama y la mediocridad. La puerta verde de su propiedad se abría en una tapia de jardín cuyo estuco lucía agrietado y desvaído, y, en la pequeña mansión a la que aquélla daba paso, todo era vetusto: el mobiliario, los sirvientes, los libros y los grabados, las costumbres inmemoriales y aun los arreglos más recientes. A diez minutos de allí, los Mallow tenían su propia residencia, bautizada como Villa Carrara, cuyo taller se levantaba sobre un pequeño terreno que éstos, en su feliz optimismo, habían anexado a la propiedad con el fin de edificar tal santuario del arte. Ello había sido posible por la buena suerte, si es que no habría que llamarla mala, de que la señora Mallow, al desposarse, hubiera aportado a su marido una dote suficiente para procurarle una mínima seguridad y permitirle así, respecto del arte del cincel, mantenerse en sus trece. Y en sus trece se mantenían -siempre se habían mantenido- el engolado escultor y su esposa, en favor de los cuales la naturaleza había rizado el rizo privándolos de toda conciencia de lo difícil. De escultor, Morgan lo tenía todo excepto el espíritu de Fidias: la casaca de terciopelo marrón, el berretto apropiado, el "aspecto plástico", los dedos melindrosos, un bonito acento italiano y un viejo fámulo traído de Italia. Parecía compensar todas sus ineptitudes cuando le ordenaba a Egidio en su lengua natal que hiciera girar alguno de los pedestales rotatorios que en el taller abundaban. En Villa Carrara todos eran muy italianizantes, y lo inconfesable del papel que este hecho representaba en la vida de Peter era, mayormente, que le aportaba, a fuer de británico a machamartillo, la justa cantidad de "extranjería" que era capaz de tolerar. Toda su Italia la constituían los Mallow, aunque en cierto modo era gracias a Italia por lo que le agradaban. Su sola preocupación era que Lance -así llamaban por abreviación a su ahijado- resultaba, a despecho de su educación en un colegio nacional, acaso una pizca demasiado italiano. Por otra parte, Morgan poseía el aspecto de la imagen aduladora que uno puede tener de sí mismo, semejante a aquéllas que cabe contemplar en esa gran sala del museo de los Uffizi dedicada a Autorretratos de Artistas. La única lamentación del Maestro era no haber nacido pintor en vez de escultor, a causa de su deseo de haber contribuido a la insigne colección sobredicha.

Con el tiempo se vio que Lance, de todas formas, sí que sentía la vocación de los pinceles; pues, cuando el muchacho frisaba ya en los veinte años, un buen día la señora Mallow le anunció al amigo, quien solía ser confidente de los problemas y preocupaciones más íntimos de la familia, que no parecía sino que en rigor de verdad no tenían más remedio que dejarlo seguir la carrera de pintor. Ya no podían permanecer insensibles ante la circunstancia de que no cosechaba ningún laurel en Cambridge, donde la facultad en que otrora había hecho Brench los estudios llevaba un año suavizándole las reprimendas únicamente por consideración a su padrino. Así, pues, ¿a qué obstinarse en la vana tentativa de formarlo para lo imposible? Lo imposible -ello ya estaba sobradamente claro- era que Lance pudiese llegar a ser otra cosa que artista.

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