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Socios Y Rivales

Socios Y Rivales

Carmen LOM

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Capítulo

Ethan Madinson ha logrado su crecimiento profesional y rememora su pasado en busca de su mejor amiga, la chica que amó desde que era un niño, pero conquistarla no resulta nada fácil cuando las rivalidades sembradas entre ella y su madre se hacen latentes. Ella ha logrado despojarlos de la empresa familiar y aunque su misión es recuperarla, lo único que él desea es recuperarla a ella, su amiga Abir Abdallah Taylor.

Capítulo 1
El regreso de Ethan Madinson

Ethan Madinson viajó desde Ontario Canadá hasta Santiago de Chile con el pretexto de adquirir un par de acciones que su modesto y adinerado padre estaba dispuesto a ofrecerle siempre y cuando pudiese hacerse cargo de dos de sus sucursales de mobiliaria para oficinas en la ciudad metropolitana y en el norte grande de Chile, sonreía frente al espejo al reconocer su capacidad para mentir, porque en realidad sus propósitos distaban mucho del deseo de convertirse en el sucesor de Muebles M&T. La decisión de tomar el cargo que pretendían ofrecer a uno de sus empleados de confianza en la ciudad de Ontario sorprendió a su padre y lo llenó de júbilo al convencerse de que por fin su deseo se haría realidad. Siempre vio a su hijo como el heredero y Gerente de todas y cada una de sus oficinas mobiliarias en Chile, reconocía su talento artístico, pero también su gran habilidad matemática y lógica; el alto sentido común y su entereza para lograr lo que se propone. Él mismo se lo demostró cuando a los diecisiete años empacó maletas y un bolso gigante con todos los instrumentos musicales de cuerda y de viento que acumuló durante su infancia y que sembró en la entrada del despacho familiar mientras que con su otra mano le extendía la carta de aceptación de la prestigiosa universidad de Toronto. Lo había decidido. Iba a hacer realidad su sueño.

Siempre pensó en ello, pero en los últimos años albergaba la posibilidad de encontrar a su mejor amiga y llevársela con él. Lo habría hecho de no ser por esa repentina mudanza familiar que marcó su vida para siempre.

Su amiga representaba la bondad y algo en su corazón se agitaba cada vez que la pensaba. Se autoproclamó su protector y esa fama se propagó por mucho tiempo entre sus compañeros de clase desde que se fue de manos con el Benjamin Arrieta, el petulante hijo de un consorcio Brasileño después que insultase a su amiga por asistir a un colegio municipal y no a uno de elite como el suyo. Fue en el encuentro regional de ciencias, Madeline se mereció la participación por su proyecto de energías alternativas haciendo uso del aire seco.

Ella se desplazaba como gacela. El pasillo de eventos estaba aglutinado, las jóvenes lucían sus uniformes de gala distintivos de sus instituciones, Abir era una de las pocas participantes en representación de los municipales. Trabajo durante año y medio con el tutor de ciencias y éste había aprovechado su creatividad y sólidas bases en la materia para llegar a ese nivel, el punto más codiciado por un tutor y un estudiante. El premio era una merecida beca para la Universidad que cubriría desde los calcetines hasta el gancho que usase en su cabello, además todos y cada uno de los gastos administrativos y de hospedaje durante la corta vida universitaria. Una gran oportunidad para lo cual su amiga había luchado incansable, así que cuando el Benjamín Arrieta se lució en frente de sus amigos con los comentarios despectivos se lo pensó muy bien para no romperle la cara y perjudicar a su amiga, mientras dejaba bien claro que esa linda chica de las coletas caídas, tenía guardaespaldas. Y quiso convencer a todos de que haría a la perfección su trabajo.

Fue a la hora del cierre del evento. Su amiga había triunfado y gozaba del primer lugar. Pensó que eso era suficiente para taparle la boca a un vanidoso como su compañero, pero cuando éste se abrió paso tras la multitud que salía para alinearse al paso de su amiga, meter su pierna y empujarla con un disimulo enfermizo para lanzarla de bruces al pavimento, ¡era lo último! Ethan no lo pensó para lanzarse contra él en medio de una multitud alborotada ante la sorpresa de lo ocurrido. Fue tan rápido y certero que bastó un par de puños para dejarlo sangrando sobre la acera, mientras él corría a terminar de poner en pie a su amiga.

La sujetó de la cintura constatando su bienestar. Volteó la vista al culpable de su caída

—¿Ya ves que Abir se llevo el primer lugar y es de una Municipal?. Que te duela, Benjamín. No todos los ricachones tienen cerebro, recuérdalo muy bien. Tu posición económica solo fue un golpe de suerte. ¡Ya verás cuando en unos años, mi amiga doble tu fortuna, miserable!

Y así fue. Abir Abdallah Taylor resoplaba desde el hemisferio sur hasta el norte por la altivez y alcance de su mercado digital. La beca de ciencias fue solo un eslabón a su crecimiento, pero en el fondo no deseaba estar de cabeza en un laboratorio. Prefería los negocios. Luego de mucho esfuerzo una sola mujer había logrado lo que todos los hombres de la familia Madison no alcanzaron: Posicionar Muebles M&T en todo el mundo. Chile había sido solo una catapulta a su verdadero negocio. ¡No lo podía creer!. La recuerda como la jovencita que creció en las instalaciones de su empresa, frente a su imponente cortina metálica y la gran fachada blanca con grandes ventanales desde donde, y sin que ella se diese cuenta, la observaba. Tendría, quizá dos años menos que Ethan. Desde que era un niño la veía desde la vasta oficina de su padre y abuelo, siempre mirándola al frente mientras él jugaba con un móvil propio de su época, un nintendo o leía un libro, temeroso de que su mamá descubriese que habría ensuciado su impecable traje, mientras él se divertía ella trapeaba, recogía maderas y cargaba muebles con su padre. Curiosamente lucía muy feliz. En algunas ocasiones la observaba acomodarse los guantes gruesos para levantar trozos de metal galvanizado que pronto su padre emplearía para fabricar mobiliaria para el hogar. También era habilosa con las computadoras a pesar de que no solía jugar con videojuegos, la muy astuta supo ganarle en una ocasión en que la reto a un combate virtual. Debió ser muy talentosa porque escuchaba a los vecinos comentar sobre los mejores promedios del colegio municipal del barrio. Por dato curioso ella solía llevarse el primer lugar. Como su padre era extranjero, igual que el suyo, dominaba a la perfección el árabe, el inglés y para desdicha suya también el francés y lo supo desgraciadamente, una tarde en que desde el ventanal de la oficina lanzó un avión de papel con tal ímpetu como para resistir el viento y que llegase hasta sus pies, aprisa cerró la ventana y se escondió tras la pared y un pilar. Su corazón agitado llamó la atención de su padre quien no dejaba de teclear algo en la computadora. Tendría doce años Ethan y a ella, la veía de su edad. Quería verla como él. Esa misma tarde descubrió que hablaba y escribía francés porque la muy desdichada había respondido una oración de agradecimiento que sonó hermosa en sus labios en puro fonética francesa en voz alta como si adivinase que su emisor se ocultaba tras las paredes blancas.

«¿Acaso va a un privado esta niña?», se refería al colegio en donde asistía, sabía que era un municipal y nada que ver con ser bilingües.

***

El tiempo pasó. Él terminó sus estudios en Canadá, ella en Chile. Y no volvió a saber de ella hasta que esa tarde del mes de enero del 2014 arribó al aeropuerto de Santiago “Arturo Merino Benítez”.

Se había hecho todo un hombre, atrás quedaba esa panza regordeta tras un traje fino, ahora su traje impecable vestía a un corpulento joven de dos décadas y medias que había vivido más que un hombre de cuarenta y no era con referencia a las fiestas o parrandas sino a la experiencia laboral y académica a la que se había insertó. Sus manos robustas, pero sutiles no renunciaban al divino arte de la música. Cada vez que daba un concierto seducía con el tacto en el violonchelo y enamoraba con cada nota musical. Chopran, Vivaldi o Bethoven volvían a la vida al tacto de su instrumento. Sus ojos negros brillaban como dos piedras de azabache y su lampiño rostro de rasgos rectos ansiaban encontrarse frente a frente con la mujer que había adquirido casi el total de las acciones de Mueble M&T. Su Familia tuvo suerte de quedarse con unas cuantas acciones, y no iba a renunciar a ellas por nada del mundo. Claro, que Ethan Madinson no las necesitaba. Su propia fortuna podía triplicar esa empresa, pero lo intrigaba descubrir las razones por las que su mejor amiga de la adolescencia y parte de su infancia pudo llegar a ser dueña de un imperio mobiliario nacional e internacional. Se la imaginó como antes, con sus mejillas blancas como la leche, su sonrisa de ángel caído del cielo y esas dos coletas ridículas que en realidad le quedaban hermosas. ¿Será tan hermosa como dicen los medios locales? ¿o es solo una exageración propia de la diplomacia social?. Ethan Madinson se mordía los labios de deseo por verse cara a cara con ella, la niña que solía ver desde su ventana y que se había convertido en su propio sueño de cama.

I Capítulo

El piloto acababa de tomar el intercomunicador para dar el anuncio de aterrizaje a los pasajeros, la cordial bienvenida a territorio Chileno, el peculiar agradecimiento por su preferencia y un hermoso deseo para el disfrute de su arribo. De inmediato las luces de neón de los pasillos, cabinas, entre otras se encendieron. Los pasajeros empezaron a removerse en sus asientos, los más presurosos desabrocharon sus cinturones y empezaron a recoger sus pertenencias; un señor obeso se dedicó a recoger y apilar el montón de revistas turísticas impresas en francés. El viaje fue extenuante a pesar de tener el privilegio de viajar en la cabina de primera clase. Para Ethan Madinson la privacidad resultaba importante. Su asiento era preferencial entre los VIP y no contaba con compañía. Solo trajo consigo un portafolio de cuero que extrajo de la cabina superior. Una hermosa aeromoza le colaboró en el descenso, le sonrió y con una de sus manos en el hombro le manifestó el agrado de su compañía con la Aerolínea Air Canadá. Su elegante traje rezuma la exquisita vainilla de Madagascar combinada en un maravilloso elixir propio de la canela de Sri Lanka que Nicole Mather, la cotizada perfumista, creó y vistió en un frasco de suntuosos metales con diamantes. Una fragancia única e irresistible con la que cualquier humilde persona podría remodelar su casa por completo. Se caracterizaba por sus exigentes gustos, afinidades intensas, deportes extremos y la poesía del violonchelo en carne propia. Amante sin duda alguna, capaz de conquistar los corazones más indomables y seductor con experiencia en el qué hacer bajo las sábanas, estaba dispuesto a bajar peldaños, descender hasta la plataforma, nada ínfima, de quien fue su vecina y ahora, rival y socia de los negocios de su familia. Abir Abdallah Taylor siempre estuvo en su mente. Su padre, Don Hafid Abdallah nunca le permitió fraternizar más allá de la acera del frente de su negocio, desde donde la contemplaba cada vez que podía. Había llegado a Chile por las referencias de una amiga de su esposa, la madre de Abir. Carolina mantuvo años de comunicación alimentando una amistad de infancia que realmente duró lo que duran los tulipanes en florecer. Una amistad que para la señora Taylor era muy valiosa. Cuando su esposo perdió parte de su dinero en una mala inversión, su amiga comenzó a distanciarse. El trámite migratorio llevaba su tiempo y sin un documento de residencia que respaldará sus actividades las vicisitudes crecieron. La amiga quien antes apreciaba empezó a justificar sus ausencias hasta reprocharle que con su llegada estaba poniendo en riesgo el bienestar de su familia. El último de sus préstamos no pudo ser cubierto dentro de las fechas estimadas y el cobro consecuente de su amiga los estaba enloqueciendo, a tal punto que la señora Taylor cayó en profunda depresión y consideró el suicidio como parte de su salida. Una tarde recibió una llamada de su antiguo empleador en Londres, era el momento de recibir su viejo pago, pero debía ser transferido a una cuenta bancaria y sin documentación le era imposible contar con la apertura de una, así que invitó su amiga a casa. Quizá, está vez pudiese ayudarle. Su visita y trato frío y distante le entristeció. Incluso dudó en solicitar su apoyo. Pero no contaba con nadie más. Mantuvo la mirada fija en el cristal de la ventana y por intervalos sacaba las manos de los bolsillos del pantalón para acariciar la cortina traslucida que según ella misma, había cocido, bordado y atada con bellos lazos de satén para su arribo. Era su forma de darle la bienvenida. Ese gesto le llenó el alma como tanto se llena el estomago de un hambriento vagabundo con tan solo un trozo de pan. Esa noche durmió con el corazón rebosante de alegría al saber que su gran amiga se había tomado el tiempo para confeccionar un detalle tan bello. Las cortinas de seda se convirtieron en su pañuelo de lágrimas cada vez que las cosas salían mal. Olía a primavera cada hilo y en ella saltaban los recuerdos de una infancia alrededor de árboles, de arañas e insectos, de sueños y planes, de letras y canciones. Rondas infantiles alrededor del árbol de mango con las que sonreía al atisbarlas en sus sueños, promesas de infancia de una amistad eterna, cartas de viaje, telegramas atrapados en un pueblo en donde todo quedó en las murallas del tiempo. Le contaba anécdotas a su hija Abir y se mostraba como ejemplo de la amistad…«Fui la única de mi generación que uso el telégrafo y la única boba que se gastaba toda su mesada en diez palabritas para una amiga que vivía en el pedestal del mapamundi »decía sonriente la mamá de Abir. Y se justificaba.«Es que la ansiedad me quemaba. Es como cuando no has comido y tu estómago empieza a gruñir y pasadas las horas, te llega arder. Así, igualito era esperar seis meses para que mis cartas llegarán y otros seis para que ella contestará. ¡Bueno! A la final el telégrafo tampoco sirvió. Ella no podía contestar». Y se hundía en una sonrisa triste. Quizá Abir la entendía. Ella también se alegraba con las cartas que su amigo del frente le lanzaba desde la ventana. Y las esperaba con mucha ansiedad. Cuando escuchaba a su mamá recordaba las palabras del Principito, uno de sus cuentos preferidos y las murmuraba: “era más que un zorro semejante a cien mil otros, pero yo lo hice mi amigo y ahora es único en el mundo”. «Sí, hijita. Tal cual. Me deje domesticar por mi amiga y cuando tuvo que marchar, salí herida. ¡Tan Boba! Si así es la vida. ¿Has visto a alguien que se quede para siempre?».

***

El día de su visita, ella intuía que su amiga Anabella Taylor pediría su apoyo. Sabía que la única manera de no poder ayudarla era no contar con su documento de identificación Chilena, así que esa tarde, frente a la ventana, acariciando la sedosa cortina que ella misma había confeccionado se precipitó a contarle sobre la pérdida de su documento. Sin duda alguna la señora Taylor se sintió sin salida. Los negocios no resultaron como esperaban, los gastos los atormentaban, el arrendatario estaba molesto por los tres meses de atraso, su dispensa estaba vacía y el alma se le iba cada vez que inventaba una razón para continuar comiendo espaguetis al natural y bebiendo agua hervida porque el botellón de agua mineral se terminó, respiraba profundo, parpadeaba para no llorar, esa semana también debía enviar los útiles escolares y ese dinero que necesitaba recibir era su única salida.

—No sé en dónde deje mi cédula. Quizá lo perdí en la furgoneta del colegio en la última salida de campo o en la calle, por ahí. No lo sé. —Sacudió las manos y las volvió a hundir en los bolsillos traseros del jeans—debo tramitar un nuevo documento amiga y has de saber lo difícil que es la espera, pero lo más difícil es: que sin mi documento, estoy atada de manos. No puedo hacer nada. Ningún trámite. Ningún retiro. Nada amiga.

Apesadumbrada quiso asirse de las cortinas, debió quedar muerta porque ni el cristal se empañó con su aliento y solo volvió en sí tras unos segundos. Sonrió de nuevo, como siempre trató de sonreír. Ni los ladrillos más pesados le oprimirían el pecho. Respiró profundo, como si esa bocanada de aire le insuflara vida.

—¡Cuanto lo siento amiga! pero ten fe +en fe en que aparecerá. Lo que no sé es qué hacer, bien tu sabes que todo lo hago con tu run. Compras en el supermercado, pagos de servicio, arriendo y todas esas pequeñas cosas tan importantes.

—No olvides el pago del internet. Debe ser puntual, justo el día que corresponda, de lo contrario amiga, te comen los interés, y no me gustaría que mi esposo se enterase de que se cargan intereses a nuestra cuenta.

—No, Carolina, tranquila. Lo que menos deseo es perjudicarte. Es solo que, ¿recuerdas que te comenté que tenía unos cobros pendientes por mi trabajo en Londres?

Las manos abandonaron la rugosidad del jeans para retomar la sutileza de la seda y la belleza de la transparencia.

—Necesito una cuenta para transferir dos mil dólares.

De inmediato su semblante resplandeció. Las pupilas opacas que hace un momento estaban acunadas en unos parpados achinados, se dilataron. Un brillo apareció en ellos como quien ve por primera vez un amanecer.

—Pero tranquila, amiga. Da mi número de cuenta. Ya veremos qué hacer.

Por primera vez desde su arribo a Chile habló con tal vigorosidad que sintió cómo se hinchaban cada uno de sus alvéolos pulmonares.

—No, amiga. ¿Cómo cree? Me acaba de decir que te has quedado sin run. Sin eso no puede hacer nada. Estás tan indocumentada, como nosotros.

***

“Los amigos deben ser como la flor de cempasúchil, no solo guían al sendero de la luz sino que además brindan belleza a tus ojos y el mejor perfume a tus días”.

***

Ethan Madinson y Abir Abdallah Taylor cultivaron una bonita amistad. Incluso cuando ella cumplió los quince años se atrevió a visitar a Don Hafid Abdallah solicitando su permiso para dar una serenata en su cumpleaños.

—Tienes valor muchacho para venir hasta acá—continuó atornillando y ensamblando el mueble que tenía a sus pies—¿Tú padre sabes que has venido?

—No señor. Aprecio mucho a su hija y deseo…—se inquietó al ver que Don Hafid dejaba el destornillador eléctrico para escucharlo. Verlo frente a frente lo intimidaba—deseo tocar para ella esta noche.

—¿Y que qué tocarás?

—Si me lo permite, es una sorpresa.

De brazos cruzados apoyó la cóccix en un escritorio—¿Tú sabes que mi hija está amparada por nuestras costumbres y religión, verdad?

—No es musulmán señor. Aunque conozco poco de la religión Drusa, no veo nada de malo en mi deseo por hacerla feliz en su día.

—¿No temes morir muchacho? — Sonríe de buena gana—.

—Mi padre dice que los hombres no debemos temer, señor.

—Tú padre está equivocado. El hecho de ser varón no te convierte en Samson... —respiró profundo al observar como aquel joven le mantenía fija la mirada—Escucha Ethan, conozco a tu familia y a ti. Sé que eres un buen muchacho y también que eres el único amigo de Abir que no he podido espantar, ni siquiera con el cuento de haber amputado el brazo de uno que osó a tomar su mano —Ethan paso pasó un grueso trago por su garganta y la manzana de Adán se hizo perceptible. Continuó sosteniéndole la mirada—pero es bueno que sepas que cuando Abir culminé sus estudios, ella regresará a mi país y cumplirá su compromiso.

—¿Compromiso?

—Sí, Abir Abdullah será la esposa de un miembro de mi familia.

Don Abdullah parecía disfrutar la escena y saborear la ansiedad que le estaba causando a ese muchacho.

—Abir no merece eso.

—¿Qué quieres decir Ethan?

—Es una chica talentosa. No merece ser la esposa de alguien quien la destinará al servicio de un hogar.

—¡Por Dios! No sabes nada de nuestra cultura, de nuestras vidas…—un breve silencio ralentizo el tiempo— Lo mejor es que te marches y olvides por completo la idea tonta de venir a perturbar el día más importante de mi hija.

—Pronto las leyes me otorgarán el rol de hombre, hasta entonces vendré a conversar de amor y compromisos con usted Don Abdallah y le haré cambiar de idea.

—Por favor, qué dices: si en estos países el amor de un hombre por una mujer se desvanece como la luna; mucho más en estos países y esta juventud de hoy en día no sabe como hacer perdurar el amor por una mujer —Respiró profundó para serenarse— más, el amor de un hermano, ese amor, sí perdura. El amor de hermano es permanente como las estrellas. Es eterno. Ya pronto olvidaras todo. Irás a tu Universidad y harás tu vida. Y mi hija. Mi hija hará la suya.

—Entonces seré como un hermano para Abir don Abdallah, mientras usted me permite merecerme su aprecio.

Desde entonces verla fue una odisea. Y el día de su cumpleaños Don Abdallah lo recibió con una manguera de agua fría que lo baño de pies a cabeza. Por ella aprendió el arte de la cocotología quien se convirtió durante años en una manera de comunicación. Cisnes, tortugas y hermosos pegasos de papel que terminaba coloreando en el despacho de su padre, que nunca dejo de teclear; recibir y enviar mensajes digitales y físicos como soporte administrativo a lo que era la gran empresa familiar M&T Muebles. «¿Cómo llegó ella a ser dueña de casi toda la empresa?» Es algo que no dejó de preguntarse. No lo comprende., pero ¿Dedicarse a los negocios? ¿Y con tantas empresas en el mundo fijarse solo en la de su familia?... Nunca dudo de sus capacidades. Jamás. Recuerda con gracia la vez que en resolvió en menos de cinco minutos el cubo de Rubik 3 por 3. Lo resolvió con una gracia y una soltura única, como si lo hubiese hecho muchas veces antes. Sonrió complacida y alzó los hombros demostrando la simpleza del caso y terminó diciéndole que era un juego de niños. Tomó una cuerda con puños con contador manual y empezó a saltar como una gimnasta experta. ¡Diablos!, Si a esa edad pesaba cuatro veces lo que pesaba ella. Su panza de infante solía hacer volar los últimos botones de su camisa y su mamá vivía telefoneando a su amigo sastre para que viniese a confeccionarle sus propios trajes que además debían cubrir las exigencias sociales de los que a su parecer eran: aburridos encuentros.

***

Acababa de celebrar sus veinticinco años y a su memoria bailoteó el recuerdo del cumpleaños número doce. Quizá desde entonces don Habid Abdallah le hizo la cruz. Lo veía como todo un demonio. Se había atrevido a invitarla, a pesar de que su madre se negó a ello; como era su cumpleaños, su deseo fue cumplido. La fue a buscar con el chofer de la familia y había asistido con su padre, ambos elegantemente vestidos. Nunca supieron que tuvieron que adquirir un préstamo con el colombiano cuenta a gotas, como así le llaman en Chile a las personas de Colombia que trabajan como prestamistas. Su padre tenía buenas relaciones comerciales y sabía ganarse el aprecio de los demás. Sin duda alguna contaba con ellos en cualquier momento. Y el hecho de que una de las familias más ricas, o pitucas, como así suelen decirse en chile invitase a su hija al cumpleaños de alguien, era algo que no merecía menos, así que se gastó una fortuna en el mejor vestido de fiesta y zapatos dignos de una princesa que su bolsillo pudo conseguir. No sabía nada de estilos, así que le pidió a una de sus clientes quien con el tiempo había terminado siendo parte de la familia, la importante ayuda. Vistió como una princesa, zarcillos de plata con shawrosky, era lo más hermoso y al alcance de su bolsillo, hasta un delicioso perfume de niñas le compró para la ocasión. Su traje fue elegante y de buen valor, no lo volvió a usar hasta que su hija se había coronado en al mercado de los muebles. Fue el día en que la compra de las acciones de M& T se habrían concretado, realizadas de forma anónima y a cargo de un abogado de confianza. Realmente su presencia física no era frecuente. Implementaba equipos de supervisión remota en cada una de las plataformas de su negocio. Bastaba un móvil, un teclado y la conexión con un empleado de confianza para solventar y ejecutar acciones. En lo personal no se le conocía pretendientes. Sus padres se habían retirado de los negocios y gracias a todo el amor dado en su infancia ellos disfrutaron del descanso tan merecido de su propia jubilación, así que viajar era lo típico en ellos. Sin responsabilidades maritales podía dedicarse con plenitud a sus negocios y cada vez que sus arcas financieras ascendían un peldaño, su júbilo crecía, incluso apareció en la lista de Forbes de las mujeres jóvenes más adineradas, noticia que causaba revuelo al punto de mantener un avispero alborotado casi todo el tiempo, repleto de caza fortunas que no solo ansiaban meter mano a sus arcas sino que también deseaban llevarse a la cama a quien fuese considerada la solterona más deseada de todo Chile. Sus costumbres familiares se acoplaban perfectos perfectas a la nación que le había abierto las puertas, y ella, toda una reina con sus piernas esbeltas, perfiladas, perfectamente definidas en una estatura de miss universo se acoplaba a la contorneada cintura en forma de guitarra. Su cintura delgada y ese busto turgente que enloquecía a cualquiera junto a sus ojos negros que continuaban brillando como la noche y así, deseó, él, verlos siempre.

Al descender del avión sostuvo su portafolio en mano y a ella en su mente. Recordó que debía retirar la valija de viaje y se dispuso a ello en la espera de la banda de equipajes. Aguardó varios minutos y mientras lo hacía en una espera que parecía eterna no dejo de contemplar la pantalla táctil de su Apple sostenido de forma impaciente entre su mano y el traje de confección italiana. Su calzado importado hablaba de su estatus y algunas mujeres mayores y no tan jóvenes lo miraban indiscretas observando su atuendo y su belleza masculina. Una figura de Adonis. De ángel en la tierra. Una vez recuperado su equipaje se retiró rodándolo de medio lado y a su salida digitó el número de alguien que figuraba en su pantalla como: “amigo Fabián”. Fabián es un nombre común en Chile y era el nombre de su mejor amigo de infancia, era hijo de un comerciante famoso por las ventas retail y esa tarde se había ofrecido a buscarlo en el aeropuerto, en honor a los años de amistad.

Fabián sabía sus secretos y de su amor platónico, ese que siempre fue y nunca había sido.

Se sorprendió de que su amigo continuará siendo el mismo, salvo su cabellera; había perdido una parte de ella en el centro y le brillaba de lisa la piel de su cuero cabelludo y una rara cicatriz en una de sus orejas, que prefirió no cuestionar; usaba gafas correctoras de marca y vestía tan elegante como siempre lo hizo. La última vez que lo vio, había sido en sus vacaciones en Montreal fue en donde se puso al tanto de los avances de los negocios de Abir Al Assad Abdallah Taylor.

En esa ocasión rememoraron su cumpleaños, ese en donde por poco, según su propia y sofisticada madre, Abir lo destruye. La verdad del caso es que verla vestida como toda una princesa del brazo de su padre le hizo sentir retorcijones en el estómago, hasta empalideció y no supo si darle su mano o pasarle el brazo para que ella se sostuviese tal como dictaba las reglas de protocolo. Su madre no dejaba de observarlos como si se tratase de un bichito de laboratorio. En una ocasión él niño Ethan hizo que derramase la copa de licor de su mano. Boquiabierto se disculpó ante ella argumentando un accidente y se abrió camino entre los presentes hasta donde estaba ella, quien desde su llegada había llamado la atención de los demás invitados: niños de su edad que ansiaban una pieza de baile. Ella no se apartó del lado de su padre y tampoco le sonrió a ninguno. Solo a él. A Ethan Madinson. También fue a él a quien le concedió el primer baile y el último. Resulta que uno de los invitados a la fiesta quiso sacar a relucir los fondos con los cuales habría adquirido su traje y esto la hizo enardecer tanto que luego de respirar una profunda bocanada de aire argumento argumentó tener sus reservas financieras menos públicas que las suyas. Una respuesta muy tenaz para una niña de su edad. Orgulloso de ella la invitó al parque en un costado del jardín. Su padre quien había escuchado la sabia respuesta se quedó a su espera desde una mesa en donde pudiese darle alcance visual a los jovencitos. Un mozo le sirvió una copa de coñac y la aceptó por decencia, pues los licores nunca formaron parte de los anaqueles de su dispensa familiar, apenas la llevaba hasta los labios y con disimulo sorbió algo del licor ofrecido. Los mariscos, pulpitos, camarones, langostas, anchoas y sardinas en aceite de oliva entre los demás y exóticos platos tampoco fueron su deleite. Así que cuando ofrecieron los snacks y la bandeja de quesos madurados con jamón serrano no se despegó de ellas. Hablaba poco. Escuchaba mucho. Por un momento los anfitriones se acercaron a estrechar su mano y en muestra de cortesía darle la bienvenida.

—Es un placer verlo en nuestra humilde morada, estimado caballero.

—El placer es mío caballero. Es muy hermosa su humilde morada.

—A de ser mejor que la suya, creo—se sonrió mientras veía a su entorno y sonreía con ironía.

—Bendito sea a Dios, cuento con lo que necesito para la felicidad de mi familia y la propia. ¡Salud estimado Madison Fuller! — extendió la copa al aire y esta vez bebió un grueso trago de coñac que le obligó apretar sus labios y capturar su mejor sonrisa.

—¡Salud por ello!— dijo un poco más serio—nuestros hijos se llevan muy bien, por lo visto.

—La pureza de los niños es una dimensión ajena a la nuestra. ¿No lo cree?

—Pero las dimensiones nunca se unen señor Abdallah.

—A Dios gracias, por ellos. Las dimensiones tienen sus propios límites de intercepción y unión.

—Matemática cierta. Matemática Cierta.

—No aspiro a que mi hija se vinculé más de lo presente con personas tan superfluas como usted, caballero —en ese preciso instante pasó un mozo con una bandeja de plata y sobre ella dejo reposar su copa con el resto del coñac—Esta conversación ha terminado. Con su permiso señor.

Se sacudió el traje negro con la corbata del azul oscuro más hermoso que su hija haya escogido y se retiró con la postura de un rey camino al jardín. Era el momento de retirarse y se dispuso a buscar a su hija.

El jardín era amplio y contaba con inflables y hasta con un carrusel eléctrico entre las dos fuentes de chocolate gigantes, los niños iban corriendo de un lado a otro, se tropezó con uno de ellos a quien terminó expresándole disculpas en lugar de hacerlo el infante. Al fondo estaba su hija, de espalda a él. Despacio se acercó a ella, puso la mano en su hombro para darle vuelta y cuando la vio su alma se le hizo pedazo. Una masa de pastel cremoso y crema chantillí con lo que parecía restos de helado con lluvia de maní se chorreaba desde el cuello de su hermoso vestido hasta el ruedo de su falda. Su padre se inclinó aturdido, boquiabierto, mirando a todos lados, pero ningún niño parecía importarle lo que a su hija le estaba ocurriendo. A lo lejos vio venir a Ethan con una caja de pañuelos blancos, lucía azorado y llevaba el traje desaliñado. Se quedó petrificado contemplando uno los ojos del otro. Su padre apretó sus labios, frunció el rostro y pasando su mano por el hombro de su hija se dio la vuelta. ¡Era el colmo de la humillación! Se irían en ese preciso instante.

Ethan salió corriendo para darle alcance, pero su padre lo retuvo con la excusa de ser momento del pastel y lo llevó al interior de la casa. Ese fue el peor de los cumpleaños de Ethan Madison, quien no sonrió y ni siquiera sopló las velas de su pastel.

Su único deseo había sido destruido.

***

—¿Cómo se te ocurrió permitir que tu hermana, la Vanessa le lanzará su plato de dulces a

ella? Era mi sueño invitarla y más aún que asistiera porque sabía que su padre nunca nos había visitado. Por culpa de ella, me odió desde entonces.

—Tu madre no la quería.

—Sí, y mira ahora, las ironías de la vida. Es dueña de la compañía familiar. ¡Vueltas que da el mundo, amigo!— se echó a reír de b+uena buena gana mientras se aflojaba el nudo de la corbata. Su amigo encendió el equipo de sonido y se decidió por el tema de: “si me falta tu mirada de Il Vollo”. Uno de sus grupos pop lirico preferidos.

—¡Esto si sí es música Fabián! Me alegra saber que has mejorado tus gustos. ¡Vaya, realmente me hizo recordar que tengo en pausa mi corazón y ciega mi ilusión!

—¡No! ¿No me digas que tú continúas con esa bobería de conocer más a la zanahoria del barrio?

—Oye, pocas mujeres se merecen el título de zanahoria. Sí, ni tú ni nadie puede negar lo inteligente y destacada que siempre fue esa niña.

—Pues claro, si tu madre es la profesora en casa ¿qué más puedes esperar?

—¿Su madre era profesora? —incrédulo

—¿No lo sabías? ¿Cómo? todo el mundo lo sabía. Su madre era titulada en su país de origen, pero nunca pudo ejercer aquí, dicen que su esposo no la dejaba.

La Pista de Il Volo terminó y empezó el tema de Grande Amore que le hizo emitir un grito que acopló con el coro de la canción y lo enfatizaba de una manera muy divertida.

—“Cada vez que pienso en ti, en el perfume dulce de tu piel tan pura, es una fuerza inmensa que pinta mi cielo de los mil colores— Extendió la mano hasta alcanzar el ícono del volumen en el tablero digital y el volumen subió hasta las nubes. Il Vollo con su melodía se dispersaba al paso veloz del auto, allí entre los dos amigos— ¡No me salen las palabras, pero aquí he venido para confesarte, ya sin más temores yo quiero gritarte este Grande amore!

—¡No! —Apagó el equipo al hundir un dedo en el encendido— ¿No me digas que además de venir a quitarle dos de las acciones vienes a moverle el piso a esa mujerota?

—Por supuesto. Para mi nada es imposible. — y volvió a encender el equipo con solo presionar un icono en la pantalla.

—Sí nadie se ha jactado de comerse esa manzana, ¿Lo vas a hacer tú?—se burló.

Il Volo volvió a llenar el espacio, así que sin apagarlo se acercó hasta el oído de su amigo, palmeó su brazo y le dijo: Yo no soy cualquiera, Fabián. Esa manzanita es mía. Siempre lo fue.

Su amigo soltó una risotada y prometió su deseo por verlo, especialmente el rostro de su propia madre. Ethan continúo cantando al unisonó con el Il Volo que escapaba del reproductor.

—Amore, solo amore. Es esto que siento—Se apretó el pecho con dramatismo dramatismo —dime por qué cuando pienso, pienso solo en ti. Dime por qué cuando hablo, solo hablo de ti. Dime por qué cuando creo, creo solo en ti. ¡Grande Amore!!! Dime que estás, que mi amor siempre serás. Dime esta vez que no te voy a perder amor. Dime que no. Que no te vas a marchar. Yo te diré Que eres mi único y grande amore.

— ¡Mierda, Canadá te volvió loco! — y se echó a reír. Con la canción de Il Vollo de fondo—de seguro tu madre te mata.

***

Estacionó el sofisticado Mac Laren P1 de lustra latonería negra al frente del umbral al portón eléctrico que se elevó a su llegada. Las finas terminaciones en la madera, el caoba intenso de los tallados y la rigidez de sus marcos se rendiría con pleitesía a la imponente máquina de 916 caballos de potencia capaz de hacer que aumentase la adrenalina hasta en un monaguillo de iglesia con solo palpar la tapicería sedosa de sus asientos. Ascendió un pequeño muro en la entrada con una suavidad de pluma se deslizo en una rampa interna que los condujo hasta uno de los “hangares” típicos para esas naves terrestres con las que un país entero podría construir escuelas o comedores. Las portezuelas se abrieron al desbloquearlas y al mismo tiempo se desplegaron de un costado hacía arriba como si del auto de Marty MacFly y de su amigo “Doc” Emme Brown se tratase. Ambos sonrieron y apenas llevó consigo el portafolio que desde su embarque guardaba respaldado a sus piernas.

—¡Vaya! No soy el único al que la suerte le ha seducido, ¿No?—palmeó su hombro y haló su cabeza para besar su corona en un tierno gesto de amistad.

—Me alegra mucho. Ahora, cuéntame: ¿Me voy a encontrar con una bella pelirroja y tres pequeños diablillos dando brincos de un lado a otro mientras tu perro mordisquea el sofá en donde nos sentaremos?

—¿Por favor, friend? ¿Cómo se te ocurre? ¿Yo? ¿El distinguido y rápido Fabián? …¡Ni loco, Ethan, ni loco!

—¿Así que continuas siendo el mismo solterón gigoló de nuestros tiempo?

—¡Oye, No! bueno, sí, no puedo mentir— y se dobló sobre el sofá en una profunda risotada para terminar extendiendo los brazos en los espaldares del mullido sofá de tres puestos—Esta es mi humilde casa de citas, mi morada y sitio de relax. Las modelos más bellas de todo chile han pasado por este delicado sofá y caminado sobre mis alfombras persas.

—¿Y con ninguna te decides?

Se puso de pie para tomar el control remoto sobre la mesa lateral del vestíbulo, oprimió un digito en él y al par de segundos un caballero estaba allí para atenderles con el más fino y delicado traje de etiqueta. Pronto la mesa fue servida con un vino dulce, entremeses y copas para ser vertido el delicioso licor— No he conseguido la mujer ideal para mí.

—¿No será que no deseas encontrarla?

—¡Que tonterías, amigo!, si todas con las que salgo aspiran llenar sus cuentas bancarias con mi dinero. Puedo decir que ellas no desean encontrarme. —se ríe.

—¿Quizás debas cambiar de tipo de chica? No sé, una más virtuosa para las artes, la ciencia o hasta con aires místicos.

—Sí, claro, ¿Cómo tu aspiración?

Suspiró al cerrar los ojos. Por fin se había olvidado del portafolio y se reclinaba a sus anchas en el sofá frente al de su amigo—Abir Abdallah Taylor tiene todo lo que busco.

—¡Que tonterías, Ethan!, esa mujer ya no es nada de lo que era cuando fue niña, ni siquiera lleva coletas y tiene unas piernas, ¡Que Uy Dios mío! De seguro, lo que tú buscas lo ha tomado otro.

Ethan Madison se puso de pie, exhalando una bocanada de aire como si estuviese padeciendo una crisis de asma, su rostro adquirió profundas líneas de expresión en el ceño que para su amigo Fabián resultaban irreconocibles. Supo entonces que la conversación no llevaba buen rumbo. El mismo se sirvió una copa del licor dulce y llevó a su boca una pieza de los deliciosos entremeses marinos.

—Preferiría que no manifestaras lascivia alguna ni suposiciones ofensivas hacia Abir

—No es tu chica. Ni siquiera la has visto en más de…¿Cuántos años? ¿Diez? ¡Olvídalo amigo! Si estás soñando con comerte ese pastel de niños, estás loco. Hoy en día no hay mujeres castas y menos con dinero.

Molesto le dio la espalda, tomó su portafolio y regreso a la puerta de entrada.

—Oye espera, no te molestes, amigo. Si acabas de llegar…Comamos algo y luego te llevo a dar una vuelta por la ciudad.

—Te dije que no deseo que te expreses de esa forma de Abir, recuerda que aún tenemos asuntos pendientes de nuestra juventud. Además aún no se ha casado y te apuesto que Abir aún se conserva tan casta y pura como siempre lo fue.

—¡Por favor amigo! ¿En pleno siglo veintiuno? —Se sonrió burlesco—¿Te apuesto mi bebé precioso? Sí, esa máquina en la que hemos llegado a casa. Te apuesto a que ese pastel se lo comió otro—elevó el llavero y el control remoto en él bailoteándolo frente a sus negros ojos.

—¿Y qué piensas tú, qué voy a hacer como la cultura Marroquí? ¿Quieres que me acueste con ella y te traiga la sábana con la prueba de su honor? ¡Estás loco! ¡Compórtate como un caballero si no te vas quedar calvo completamente!—se sonrió, pero era un esbozo frío, lúgubre que su amigo supo reconocer. Estaba hablando en serio.

—¿Y cómo pretendes llegar a ella? Tiene más hombres de seguridad que el presidente de la república.

—¿Olvidaste que soy socio de su compañía?

—¿Y crees que se detendrá a charlar contigo? Si la Abir se ha ganado la fama de ser la Tirana. Sí. Como la Tirana de Tumaragual. ¡Mucho cuidado y no terminas tú, muerto a sus pies!

—Ninguna mujer se resiste a mis placeres, Fabián. Ninguna.

Frotó las palmas de su mano en medio de un ademán de arlequín y dijo: —¡Eso hay que verlo, amigo! ¡Yo quiero verlo!

Le arrebató las llaves de la potente máquina de ruedas y se retiró con el portafolio en su otra mano.

—Con tu permiso, me llevo mi auto.

—Vete tranquilo. Ya me lo devolverás cuando pierdas tu apuesta, amigo— se sonrió mientras se servía otra copa de licor y lo vio desaparecer entre el garaje y el antejardín que lo conduciría de nuevo a la salida. —iré a visitarte más tarde.

Pero su amigo ya estaba alejado y solo se despidió con un voleo de las llaves al aire.

Al llegar a casa Ethan Madinson terminó de descargar el equipaje que solo retiro de la cajuela hasta llegar a su townhouse en la zona metropolitana, desde allí podía contemplar el cielo nocturno de un Santiago Veraniego calcinado por las altas temperaturas y reverdecidas por la insistencia gubernamental .Paso la noche escuchando música en francés e intentando comunicarse con la accionista mayoritaria de Muebles M&T.

Necesitaba descansar. Dejar de pensar en el mañana, después de todo, tarde o temprano llegaría.

Al día siguiente se duchó, vistió y se bañó, en sentido literal, con sus cotizadas fragancias, a pesar de estar seguro de que Abir Abdallah Taylor continuaba igual de anti parabólica y despistada para ese tipo de detalles. Podía reconocer el error en una raíz cuadrada determinada a lápiz y papel con puro cerebro en plano, pero no detectaba un look nuevo y diferente. En una ocasión le obsequió un cesto de chocolates suecos y solo a dos de ellos envolvió con sus típicos cisnes de papel con las declaraciones de amor. Deseaba besar sus labios sonrosados. No sabía besar. Era un niño tonto. Tímido y torpe que nunca se hubiese atrevido a besarla tal como su amigo Fabián solía enseñarle cada vez que ponía el espejo en sus labios empinados en medio de un sonido que siempre le pareció estruendoso. Ethan solo deseó rozar sus labios. No era como su amigo. A sus trece años, Fabián se jactaba de haber tocado los senos redondos y suaves de la Julia, la Marta y hasta de la Filomena, la niña más cara de ángel, después de Abir, en todo el colegio particular. Ethan se sonrojó desde la barbilla hasta las orejas una vez que su amigo Fabián le había instruido sobre cómo debería tocar a su chica entre las piernas. ¡Mierda! ¡Él no era capaz de hacer algo así! De una u otra manera nunca ofendería a una chica y mucho menos si esa chica era Abir Abdallah Taylor.

La mañana en que llegó a las instalaciones de Muebles M&T se reuniría

con su padre, el abogado de Abir, su contador y si corría con un poco de suerte, con ella.

—Bonjour, chers messieurs, belle dame !

Buenos días, respondieron al unísono los caballeros. Su padre, Don Madinson estaba desgastado por los años vividos, pero de seguro sus manos suaves, ahora no requerían tipiar u organizar asambleas. Su cabello había dejado de ser dorado para convertirse en una maceta de delicadas y brillantes hebras plateadas que junto con sus marcadas líneas de expresión describían los esfuerzos y hechos vividos.

Ella fue la única que contestó en francés a su saludo. Un bello y melodioso saludo francés que activó los recuerdos de su infancia en donde lanzaba papelitos doblados de papel con poemas escritos en francés.

La reunión inició con la formalidad de rigor. Una secretaria tomaba el orden de ideas y seccionaba por escritos los temas a tratar. El abogado hizo su participación y ambos acordaron el porcentaje de las acciones adquiridas por la señorita Abir Abdallah Taylor, que juntas correspondían a un cincuenta y cinco porcientos. No conforme con su decisión se levantó de su asiento y en medio de la sala se dirigió a Ethan Madison con un ofrecimiento que terminó dejándolo perplejo.

—Estimado Ethan Madinson, permítame hacerle un respetuoso ofrecimiento a usted en representación de su padre y familia.

Él puso el codo sobre la mesa y frotó el mentón entre su dedo pulgar y su índice con sus cinco sentidos atentos. Lucía lampiño, oloroso a perfume costoso y con unos marcados bíceps bajo los pliegues de su camisa importada, Su gabardina colgaba desde su entrada en el perchero principal y sus labios palpitaban viriles y tentadores al roce fortuito de sus dedos.

—Sé lo difícil que resulta para usted alejarse de sus propios negocios, especialmente de su arte, también reconozco que, su padre, tan honorable merece un descanso—sin parpadear lo escudriña con la mirada al tacto del frío cristal que sirve de mesa— por eso es que le ofrezco la compra del total de sus acciones, de esa manera usted podría retirarse dignamente al disfrute del fruto de su esfuerzo con gran plusvalía.

El padre de Ethan Madison Fuller, intentó ponerse de pie, pero una mano joven lo retuvo en el asiento. El abogado tomó la palabra y exhibió las posibilidades legales de que ello ocurriese.

Pronto Ethan solicitó la palabra.

Saludó a los presentes con esa misma sonrisa de hiena en cautiverio y de pantera al acecho que flanqueaba la belleza de su masculinidad, que nada tenía que ver con el muchachón obeso, de panza redonda y piernas débiles que una vez hizo correr cuando le pidió que rescatará uno de sus aviones de papel de un enorme panal de abejas. Se sonrió discretamente al recordarlo, y no pudo evitar sentir ternura al saber lo que era capaz de hacer él cada vez que ella solicitaba ayuda. Aún recuerda la estruendosa sirena de los bomberos y su familia exquisita haciendo el gran escándalo por los pinchazos de su hijo. Lo lamentó mucho. Esa tarde no pudo cenar y solo se tranquilizó cuando dos días después lo vio asomarse a través de la misma ventana del despacho con la nariz cubierta de venditas y los párpados hinchados. Se preguntó si todavía seguía siendo el chico dispuesto a salir a su auxilio. Entre esos recuerdos y la intervención del abogado se hundió en un breve suspiro que no paso desapercibido en la reunión. Incomoda su mano de dedos largos acariciaron el cuello de su blusa para terminar jugueteando con su collar de sharosky Swarovski y plata que disimuló el leve carraspeó de una garganta irritada. De inmediato le fue servida una copa de agua por la diligente asistente.

—Agradezco tan tentador ofrecimiento, pero precisamente consideraba la misma posibilidad. —El bolígrafo de plata con las insignias doradas de su apellido Madinson bailoteó entre sus dedos antes de reposar sobre el cristal de la mesa—La razón de asistir a esta reunión era la de adquirir las acciones totales, quizá para usted sea más cómodo dedicarse a un solo rubro y no a los cinco que ya su firma mantiene en el mercado.

—Gracias por su consideración. Es un honor que usted reconozca la presencia y relevancia de nuestra firma en el mercado. Ha sido un trabajo consecuente y de mucho esfuerzo que jamás ameritó fondos familiares para impulsar sus pasos —Su mirada fija hizo que las pupilas de Ethan se dilatarán como las de un felino—Ser un emprendedor hoy más que nunca es navegar en un mar de tiburones que venturosamente he sabido surcar, así que no siento ninguna incomodidad con proseguir con el alcance de nuestros logros.

—La entiendo, pero una buena oferta puede resultar tentadora. Madinson Fuller puede manejar la cifra que considere acertada, señorita Abir— agregó sin despejar la mirada en ella.

—Veo que esta mañana será bastante polémica y el debate será un pesado norte—dijo Abir con un dejo de soberbia en su facciones— lamentablemente no están en venta ninguna de mis acciones...

—Tampoco ninguna de las nuestras señorita Abir.

—Bien entonces, fijaremos hoy una reunión específica para fines contables con la auditoría respectiva sobre administración y finanzas. Evaluaremos y proyectaremos la nueva visión y misión de Muebles M&T en base al flujo de caja que el administrador en curso nos presentará. Me gustaría señor Ethan escuchar sus propuestas de impacto comercial y de innovación para nuestros productos.

—Haré llegar el portafolio con mis propuestas sobre lo mencionado señorita, una vez que tomé posesión de la gerencia. Estoy ansioso por iniciar con nuestra sociedad. —Ahora era él quien le miraba fijo a los ojos con la diferencia de que no hubo un atisbo de intimidación en ella.

—Si no hay otro tema que discutir, Considero esto, el fin de la sesión. Debo retirarme señores. Con su permiso.

Los demás caballeros permanecieron junto a la secretaria quien les sugirió aguardar por la entrega de las copias del acta de la sesión llevada a cabo, pero mientras ello ocurría. Ethan se disculpó con su padre palmeando su hombro para salir detrás de la elegante ejecutiva. Tuvo que agilizar el paso hasta llegar al trote para cruzar al pasillo continuo y poder entrar de golpe al ascensor en donde, la señorita Abir había subido. No dejó de cuestionar su destino y verla delante de él, con los mismos pasos de gacela, con las caderas contorneadas, su cintura, sus glúteos redondos tras la tela de gabardina, sus tacones delgados de algún diseñador francés y ese cabello tan sedoso cayendo en bucles perfectos por el dorso de la espalda. Se sacudió la antigua imagen de niña de caderas escurridas, salivó de forma inconsciente y deseó estrecharla entre sus brazos como nunca antes lo hizo. Al verla frente a sus ojos no pudo dejar de escudriñar sus pupilas pudiendo grabar y tallar en piedra cada una de sus facciones. Sus labios entreabiertos, teñidos del vino tinto precioso parecían exhalar a paso lerdo una respiración asmática que instintivamente recobró el ritmo adecuado.

—Disculpa mi intromisión, pero desde que nos hicimos adultos ha sido muy difícil hacerte llegar los cisnes, aviones y tortugas de papel; las redes sociales y el whats app mantiene un margen de tres kilómetros de grosor contigo y verte me resulta más difícil que ver a Ricardo Arjona en persona.

Ella pudo sonreír al rememorar el fin de año académico de segundo medio en donde le había ofrecido contratar a Ricardo Arjona —su cantante preferido—para hacerla feliz luego de enterarse que por dos milésimas no había obtenido el máximo puntaje.

—El tiempo ha pasado sr Ethan Madinson. No obstante, resulta imposible no saber de usted y de su repertorio de violonchelo además de su marca personal y sus prósperos negocios con la inmobiliaria. Muy buen sector de inversión en el norte, señor Ethan.

—Preferiría Ethan a secas, Abir.—susurró su nombre tan cerca de sus labios que sintió el vértigo a sus pies, él la sostuvo y el ascensor se detuvo en un piso, número tres, en donde nadie subió. Aprisa él marcó el piso número siete dejándola boquiabierta y sin respiración.

—Necesito los siete pisos para decirle que la extraño, que deseo invitarla a cenar conmigo está noche. Necesito hablar de pliegues de papel, colmenas de abejas, pedir disculpa por la crema chantillí en tu vestido y decirte lo que nunca pude decir antes.

—¡Oh por Dios, estás loco Ethan! Estas susurrándome al oído como un seductor— se sonrió mientras dio un par de pasos lejos de él. — No estamos para esos jueguitos, podría considerar este comportamiento como acoso y has tenido mucha suerte de que prescindiera de mi escolta en este viaje. Además, de lo que hablas son solo trivialidades de muchachos —dijo ella indiferente—no tengo tiempo para esas cosas. Debes reconocer que nuestras relaciones nunca serán las de esos jóvenes del pasado. El tiempo pasa y las hojas del otoño suele cubrir el concreto.

—y las ventiscas del invierno agita hasta remover la última de las hojas.

—El frío de invierno cambia la textura del concreto. Resbaladizo, peligroso. Se debe andar con cuidado en él Ethan, con mucho cuidado.

—Las amenazas tras las metáforas suenan a versos en tus labios. Así que no me importa, insisto en querer platicar de todas esas trivialidades nuestras hasta llegar a temas de adultos, decirle a esa niña, lo hermosa que se veía y que si la Vanessa le echó su postre encima, fue solo por envidia, porque no había niña más linda que tú en esa fiesta.

Su barbilla estaba a milímetros de la suavidad de su tez y el aliento fresco a eucalipto puro de su boca erizó su piel, él pudo sentir el temblor de sus labios sedientos y pudo respirar las feromonas que expelía su piel. Se maldijo así mismo y deseó poder tener la oportunidad de besarla en la intimidad de la noche y perfeccionar las técnicas de seducción bajo su falda que el Fabián siendo un mozuelo le habría instruido. Era todo un hombre y ella toda una mujer y la deseó con todas las ganas del mundo, tanto que su vejiga se contrajo y una fuerte sacudida hizo estremecer el cuerpo viril entre sus piernas. Tuvo que respirar profundo para volver en sí y no irrespetar ese momento.

Ella se reclinó cerca de la puerta ante la mirada fija de Ethan. Oprimió con determinación el piso de planta baja.

—Te invitó a cenar en mi departamento.

—Disculpa, no acepto cenas privadas, de nadie.

—Lo sé. Eso es lo que me encanta de ti. Te invitó a cenar en el mall, un centro comercial. No correrías peligro.

—Tú no me harías daño en ningún lugar. Estoy segura que no correré peligro, pero lo lamento no tengo vida social como lo esperas.

—Entonces, Abir acepta que te recoja en tu propiedad a las 20:00 horas y cenamos en mi departamento. Los jóvenes de antes con modales de adultos. ¿Te parece?

Ella se sintió vencida, inhaló aire y se aferró a su cartera de Carolina Herrera. Su piel expelía un delicado aroma a rosas frescas— ¿De qué hablaríamos? Llevamos años sin saber uno del otro.

—¡Perfecto! Entonces hay mucho de qué hablar. Hasta las 20:00rs.

El ascensor se detuvo, en la parte superior la luz de led rojiza marcaba las iniciales de planta baja. Ella descendió altiva y él permaneció en el habitáculo metalizado. Oprimió el número correspondiente al piso de la sala de juntas y vio disiparse su imagen al cierre de las compuertas.

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