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Capítulo

“—Te sientes ligero de pesares, como si estuvieras volando. No paras de pensar en ella, y cuando la miras tus preocupaciones, tristezas, enojos, problemas… desaparecen. Mientras la mente logra tranquilizarse, una sensación de calor y paz se extiende por tu pecho, haciendo que un cariño descomunal se apoderé tanto de tu corazón como de tu emoción. Para mí fue magnifico: tener a la persona que amas resulta espléndido —” Ese guerrero entre dimensiones seleccionado para llevar un secuestro a terminó, aquella joven inusual de cabello blanco destinada a ser poderosa, tres razas luchando inconscientemente con la finalidad de sobrevivir a una matanza… y amores desarrollados en un principio por la empatía, son solo cosas gigantescas disfrazadas como pequeñeces al comienzo. Jeon quiere protegerla, aunque su origen le dice que no, y Lara desea huir de un pasado borroso queriendo despertar de esa pesadilla. ¿Te atreverías a escaparte de la realidad conocida entrando a ese mundo de… lunas?, ¿Preferirías a la Luna Azul… o la de Fuego? Adéntrate en esta primera entrega de la “Saga Moons”, donde conocerás a cierto grupo de jóvenes capaces de proteger a las personas que aman por encima de todo.

Capítulo 1
PRÓLOGO-LA MISIÓN

Era un día normal, un Domingo tranquilo como cualquier otro Domingo: con el aire refrescante bailando entre las personas, aquel cielo tan oscuro que parecía mar en vez de ese manto azul tan comúnmente visto por lo humanos, más sin embargo, no habían terrícolas riendo o paseando en multiplicidad, sino algo mucho más fascinante: extraterrestres de la dimensión de la Luna Azul.

Cierta dimensión se ubicaba cerca del planeta Júpiter, al igual que las otras dimensiones de lunas: Luna de Hielo, Luna de Fuego, Luna de Ceniza y, por último, la Luna Morada.

Todo esto lo analizaba Samuel: un hombre alto (de cuarenta y un años), fornido, de cabello castaño claro, pálido como un muerto, y con una característica esencial para los que vivían en la Luna Azul: sus ojos eran de un color muy extraño, no eran claros ni tranquilos, sino inquietantes y oscuros, como un océano que está siendo azotado por una tormenta, en la dimensión los llamaban “ojos de azur”. Cada uno de los residentes tenía ese mismo color, sin nada de humano en ellos, tan solo un azur profundo e hipnotizante.

El hombre antes mencionado estaba en el despacho del Conquistador, es decir, su mansión. Había decidido ser Conquistador solo por una única razón: tener en su poder a la Luna Azul. Lo consiguió, y en el camino hubo sangre derramada, pérdida de guerreros y desaparición de familias enteras. Al final de aquella masacre, que algunos llamaban “guerra infinita”; sus ansias de poder no dieron un apagado, al contrario, fueron creciendo hasta convertirse en una hoguera de vicios peligrosamente poderosos: Samuel tomó la decisión de dominar las dimensiones de las cinco lunas, y con ellas la dimensión de la tierra. Esta última no tenía mucho que ofrecer, con la contaminación e intolerancia, pero la quería bajo su mandato de todas maneras.

La ambicionaba por una excusa muy importante e interesante: en la dimensión de la tierra estaba su exesposa Catherine, y con ella su hija Lara. Catherine había huido a la tierra con Lara en una nave de escape cuando esta apenas era una recién nacida, enterándose de que Samuel planeaba someter y tiranizar a la Luna Azul, y por otro punto aun peor: Lara llevaba en su sangre una alteración genética que no la hacía una extraterrestre normal, sino una muy poderosa. Lo adivino por el cabello de su hija, que después de unos intervalos respirando en dicho mundo, paso de negro a blanco. La mujer empacó lo que pudo, agarró a su hija, se subió en la primera nave que encontró y eligió irse a la tierra.

Samuel miraba por la ventana con los brazos en la espalda, meditando la situación en la que se encontraba y lo que anhelaba respecto a esa problemática: traer a su hija de nuevo a la dimensión para entrenarla y lograr convertirla en la extraterrestre influyente que estaba destinada a ser. Pero necesitaba una estrategia muy ordenada para llevar a cabo su plan e, indudablemente, ansiaba a alguien valiente, capaz de ir a la tierra, lidiar con su exesposa y traer a su hija viva.

Una llamada a la puerta interrumpió su pensamiento.

—¿Quién es? —pregunto con voz clara y fuerte.

Aquella se abrió, entrando así un guerrero de ojos completamente azules con los nervios reflejados en sus movimientos.

—Siento molestarlo Conquistador, pero ya ha llegado el guerrero que tanto buscaba: el de la Luna Morada —informo el ser.

—Gracias muchacho-dijo Samuel —Hazlo pasar.

El guerrero salió del despacho en silencio, dejó la puerta abierta, y en seguida entró el otro de la Luna Morada. Era un muchacho alto, de dieciséis años, según le han informado a Samuel: alto, con músculos bien formados, tez en extremo pálida, cabellera castaña oscura, y el carácter más importante de la dimensión de la Luna Morada: los ojos de color morado, sin pupila y sin blanco, nada de normal, solo un morado algo oscuro. Le llamo la atención el cabello largo del joven. El chico hizo una reverencia.

-Un gusto en verlo Conquistador-dijo el guerrero sin sentir el gusto de saludarlo-Dígame, por favor, ¿Para qué me necesita?

Samuel, que ya se movía, llegó a pararse enfrente del soldado con pocas zancadas y, ante todo, lo miró como a una minucia.

—Guerrero Jeon—comenzó Samuel—Uno de los más reconocidos en la Luna Morada. Fuerte, audaz, y dueño de un ligero encanto para sorprender a las chicas, ¿Me equivoco Jeon?

Este carraspeo al oír tal descripción, y volviendo a carraspear, preparó su respuesta.

—En una parte, señor—dijo al final.

El Conquistador arqueo de forma leve una ceja.

—¿Ah, sí?, ¿Y se puede saber en qué área joven? —preguntó Samuel divertido.

—No tengo un encanto para maravillar a las chicas, señor—respondió Samuel manteniendo la seriedad-Al menos eso es lo que yo pienso.

Samuel levanto una de las comisuras de sus labios ante tal resolución.

—¿Eso es lo que crees? Interesante contestación. Pensé que ibas a ser flexible a la hora de hablar.

—¿Flexible? No llegó a comprenderlo Conquistador.

—No hace falta que me entiendas, si te he citado es por una causa. Por favor, siéntate.

Se dirigieron al escritorio, Jeon tomo lugar asumiendo que debía de quedar frente a Samuel. El último tuvo que aclararse la garganta para poder hablar:

—Iré directo al punto: tengo una misión de gran magnitud para ti —le comunico el Conquistador.

Jeon enderezó su espalda en la silla queriendo pasar ese asombro.

—¿De qué tipo de misión hablamos, señor? —pregunto el guerrero.

—Vas a hacer de encubierto.

El muchacho tenso los hombros por la simpleza de la réplica llegada.

—¿Eso es todo?

—Es solo una parte Jeon, la otra es mucho más difícil —dijo Samuel.

—¿Cómo es la otra?

—Te lo explicaré: vas a hacer de encubierto, pero con el fin de traer a mi hija Lara a esta dimensión.

El despacho quedo en completo mutismo por unos segundos. Jeon tenía la garganta cerrada, incapaz de soltar una palabra. La misión a la que estaba destinado no solo iba a ser difícil debido a la chica, sino que también peligrosa porque él no conocía a la muchacha, ni tampoco el ambiente donde se ubicaba esta. Armó el valor suficiente a fin de crear la pregunta que tanto rondaba en su mente:

—¿Dónde encuentro a su hija, señor?

—En la dimensión de la tierra, específicamente en Nueva York, Estados Unidos —le informo Samuel.

Pasaron otros largos momentos de silencio. Jeon no podía dar crédito a las palabras del hombre que veía frente a él, pero sabía que, por su tono, decía la verdad. Y ahí fue cuando se le ilumino la mente con una idea fantástica: no quería ir solo, ¿Le permitiría ir acompañado de otros dos guerreros?

—Quisiera comunicarle una idea Conquistador —dijo Jeon.

Samuel se sobresaltó al haber escuchado su hablar después de varios minutos de mudes, más sin embargo no lo hizo notar.

—Habla guerrero.

—Aunque no lo crea, la comisión podría ser algo peligrosa para mí.

—¿Por qué arriesgada? Eres un guerrero muy capaz para llevarla a cabo.

—Lo sé señor, sin embargo no estoy familiarizado con ese ambiente; y quiero proponerle algo para que eso cambie.

Samuel enderezó sus brazos, alzó el mentón y procedió a escuchar.

—Quiero que me acompañen dos guerreros más.

—¿Y qué ganarías con eso?

—No llamar la atención—empezó Jeon—Por lo tanto, si llevo a los dos mejores guerreros después de mí, parecerá como si fuéramos normales, viviremos juntos y no levantaremos ninguna sospecha.

El Conquistador lo medito durante unos momentos.

—No es mala idea, joven—dijo Samuel—Recuerda: deben de estar atentos a lo que pasa día a día.

Jeon lo pensó dos veces antes de formular esa pregunta.

—Señor, perdone mi indiscreción, pero, ¿Por qué tiene tanta urgencia de recuperar a su hija?

El Conquistador lo miró directo a los ojos, pensando si debería decirle la verdadera razón a no. Al final decidió contarle su secreto.

—Porque mi hija no es una extraterrestre común Jeon: es una criatura muy poderosa y especial. Por esa razón quiero que la traigas de vuelta, y ya no deseo más preguntas, ¿Entendido? -inquirió Samuel seriamente.

—Aunque usted no quiera que le haga más preguntas, necesito saber cómo es su hija—le aclaró Jeon en el mismo tono.

Samuel no pensó en decírselo, no porque tuviera indisposición, era porque su hija de dieciséis años no tenía rostro para él. Eligió, de entre todas las posibilidades, nombrarle las principales características:

—Es muy pálida, tiene ojos verdes, y lo más importante, su cabello es blanco como la nieve.

—Bien, con eso basta, gracias

Sin decir más los dos se levantaron, estrecharon sus manos, y el soldado comenzó a caminar hacía la puerta. Ya había cuando escucho la voz de Samuel, otra vez:

—Hey Jeon.

—¿Si señor?

—No quiero que nadie, aparte de ustedes tres, sepa del asunto, ¿Quedó claro?

Jeon estuvo a punto de preguntar el “por qué” de la orden, empero recordó lo que dijo el hombre sobre las preguntas inoportunas, por lo que analizó con sumo cuidado sus próximas palabras:

—Entendido Conquistador.

—Ya puedes retirarte—dijo Samuel.

Y sin más que discutir, el guerrero de la Luna Morada se retiró del despacho del Conquistador.

—Me niego a cumplir con la puta misión—musitó Alex.

Jeon busco apoyo en la mirada de Thomas.

—A mí no me mires, yo tampoco pienso cumplirla.

Jeon ya había vuelto a la dimensión de la Luna Morada, y tardaba más en convencer a sus amigos que haciendo un condenado viaje a través del portal.

Estaban en el área de reclutamiento, propiamente en el salón donde se entrenaban los guerreros. Jeon les dijo a los muchachos que esperarán ahí porque precisaba discutir algo importante con ellos, pero no se percató de que sus compañeros de casa se iban a rehusar tan pronto.

Levantó la vista para poder mirarlos fijamente. Los tres tenían la misma edad, se entendían bien, y acumulaban muchas cosas en común, no obstante eran totalmente diferentes en las conductas: Thomas era alto, con el cabello anaranjado como el fuego, largo hasta el punto que le llegaba un poco más arriba de su espalda baja, y los ojos del mismo color, por consiguiente venís de la Luna de Fuego, serio y centrado en los problemas, pero divertido y alegre en los momentos adecuados. Alex también conllevaba altura, con la melena rubia un poco más debajo de los omóplatos, como una cascada de oro viajando hacía el vacío, y sus ojos de un azul intenso, sin blanco ni negro, lo que daba a entender que provenía de la Luna Azul, divertido y discreto, pero, al igual que Thomas, manejaba a la seriedad. Contrariamente a Thomas y Jeon, su sonrisa muy pocas veces aparecía.

Los tres jóvenes eran musculosos, centrados y objetos de las miradas de las chicas por algo inusual: desde que tenían uso de memoria eran guerreros entre dimensiones. Por otro lado, los padres Thomas, de Alex, y la mamá de Jeon (su padre no había ido a la guerra) murieron luchando por mantener la prosperidad y la seguridad en la dimensión de la Luna Azul durante la matanza, por consiguiente no tenían a nadie más a quién acudir o con quién vivir. Llegaron a un punto en el que los tres decidieron establecerse en la Luna Morada, prometiéndose no volver a mencionar ese asunto tan doloroso del pasado. Según parece, Jeon rompió tal promesa.

—Oye amigo—comenzó Thomas—Sé que es nuestra primera misión en mucho tiempo, pero por culpa de ese imbécil no estamos en nuestras casas, perdimos a nuestras familias y las chicas nos hostigan como si fuéramos carne vieja esperando a los buitres.

—No hay que exagerar tanto en el ámbito de las chicas Thomas—dijo Alex mirando a este—Pero tienes razón. Jeon, si hacemos esto posiblemente desataremos otra guerra, y con eso viene sangre, muerte e inseguridad.

—Posterior a eso, también está tu padre—Thomas se dirigió a él—¿Qué piensas decirle?

Jeon tuvo que analizarlo tres veces antes de comunicarles su otro plan.

—Ya lo sé chicos—respondió serio—Pero tengo otro designio en mente. Vamos a la tierra, localizamos a la chica, y se supone que tenemos que raptarla, aunque no lo haremos. Nos quedaremos hasta el momento de decirle la verdad.

Los otros dos chicos voltearon para mirarse con certidumbre, y luego giraron hacía Jeon.

—¿Y por qué tendríamos que hacerlo? Podríamos negarnos y punto—opino Alex.

—Exactamente. Alex, me encanta cuando utilizas tu cerebro en estas cosas—dijo Thomas al mismo tiempo que le palpaba el hombro y el chico lo fulminaba con la mirada.

—Lo propongo porque siento que algo malo va a pasar si cumplimos ese encargo al pie de la letra—aclaró Jeon.

Los tres se sumieron en una reserva profunda, más no había incomodidad en ella, al contrario: sentían un ambiente familiar mezclado con miedo. Habían perdido a sus familiares muy jóvenes, y experimentar un dolor semejante a una daga de electricidad atravesándoles el pecho cada vez que lloraban por esas personas, casi los mataba. Si se perdían los unos a los otros resultaría mucho peor para sus corazones, era sentir esa daga de vuelta, pero diez mil veces más de lo acostumbrado.

—Si aceptáramos hacer esto, lo cual dudo que hagamos, ¿Cómo sobreviviríamos?, ¿Cómo nos alimentaríamos? —interrogo Thomas.

—Pretendes ir a un hospital humano, dar una estúpida excusa para que te den sueros, ¿Y ya?, ¿Crees que sería un buen plan? —cuestiono Alex.

Jeon perdía los estribos poco a poco, aun así daba un esfuerzo por controlarse.

—Entiendo que nos alimentamos por intravenosa, y para eso precisamos de sueros; en consecuencia será muy difícil, pero no: ese no es mi proyecto, ¡Y si pudieran ayudarme a buscar soluciones más claras a esos problemas, les estaría bastante agradecido! —exclamó al borde de la furia, procurando no gritar.

Alejándose de ellos, sintió que lo miraban nostálgicamente, no le tomo importancia. A pesar de sus esfuerzos por salir, solo pudo llegar a una esquina.

No sabía como explicarlo, pero comenzó a llevar esa sensación desde que salió del despacho de aquel hombre. Si no protegía a esa chica, a esa joven que ni siquiera conocía, algo malo iba a pasar. Y no solo en el planeta tierra, también en las dimensiones de las cinco lunas.

Entre tanto, estaban Thomas y Alex. Si perdía a esas dos personas, si algo les sucedía, no podría seguir viviendo. Derramaría un mar de lágrimas y no dejaría de derramarlas hasta el día en que le arrebataran su existencia. Sin Thomas y sin Alex en su vida, estaría perdido en el laberinto del sufrimiento, incapaz de encontrar una salida.

Se volteó para ya no mirar a la pared, encontrándose con esos guerreros que conocía de toda su vida. Sin pensarlo, de un momento a otro, los tres se fundieron en un cálido y fuerte abrazo. Después de unos momentos, separaron sus cuerpos para mirarse, Alex fue el primero que habló:

—No dejare que hagas esto solo, quiero asegurarme de que estas bien todo el tiempo.

—Si esto se convierte en una misión suicida, no importa lo que pase. Quiero tener la certeza de que la enfrentaremos juntos—dijo Thomas.

—Los necesito muchachos, necesito sus mentes y su confianza para que todo salga bien—confesó Jeon.

Hubo otra vez una ausencia de ruido, pero solo por unos segundos.

—Iremos contigo—dijo Alex al tiempo que Jeon lo miraba.

—¿De verdad? —preguntó sonriente.

—Por supuesto que iremos contigo—dijo Thomas—No dejaremos que hagas una misión sin nosotros.

—Tengo una duda, ¿Cuándo partiremos? —interrogo Alex.

—Tan pronto como sea posible—dijo Jeon—Idearemos un plan muy cuidadoso que nos permita sobrevivir, y al mismo tiempo proteger a la chica. Si hay peligro, lo enfrentaremos juntos—finalizó Jeon, que a continuación, los abrazo sin descanso.

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